¿Cuántos miaus caben en un gato? 


Hallazgos de una bióloga que subestimó a sus felinas


No sé si será por mis prolongadas ausencias, pero cada vez que regreso de un largo viaje a mi departamento limeño, mis dos gatas maúllan de una manera extraña: parecen gallinas alborotadas. Levantan un coro de miaus insistentes, cada una con un tono y frecuencia distintos, seguido de una especie de cacareo desconcertante. Si cerrara los ojos, juraría que me equivoqué de especie.

Mi hija, que no es veterinaria ni psicóloga, diagnostica el caso con absoluta convicción: «Mamá, sufren de ansiedad por desapego o abandono». Yo, en cambio, recurro a mi refugio de bióloga desalmada y le contesto: «¿Ansiedad? ¿Desapego? ¿Abandono? Son animales, por Dios. ¡Estás humanizando su comportamiento!».

Pero sospecho que Tina tiene razón. Además de desalmada, debo admitir que sé muy poco del lenguaje y comportamiento de esos felinos domésticos. Los incontables libros sobre gatos que llegaron como regalos navideños siguen ahí, en la ruma de pendientes, acumulando polvo en el librero. En todos estos años de convivencia, me resultó más sencillo y gratificante gozar de su peluda afectuosidad que abrir un tratado sobre etología felina.

Es que nuestras dos gatas, Pimi y Chía, son extraordinariamente cariñosas, aunque cada una expresa su afecto a su manera.

Pimi entra en confianza casi de inmediato con cualquier ser humano, aunque siente una evidente predilección por los hombres de voz grave. Apenas te conoce —o te reconoce— inicia una danza inquieta alrededor de tus piernas o, si estás sentado en el sofá, sobre el respaldo, rozando tu espalda. Va y viene, te olfatea, frota sus mejillas contra tus tobillos o tus brazos y mantiene la cola erguida, con la punta curvada como un signo de interrogación. Solo al final de ese pequeño ritual se instala, tranquila, a tu lado. En ocasiones se deja caer panza arriba y emite un extraño cacareo, más propio de una gallina que de un felino.

Los etólogos describen este comportamiento como marcaje social o, en inglés, social rubbing: al frotar las mejillas y la cabeza, Pimi deposita secreciones de sus glándulas faciales ricas en feromonas y, de algún modo, comparte su propio perfil olfativo. Es una forma de reforzar los vínculos sociales y de señalarme que formo parte de su círculo de confianza.

Chía, en cambio, es más esquiva y de pocos miaus. Cuando decide confiar, lo hace sin medias tintas. Se abre paso hasta tu regazo o se instala directamente sobre tu pecho, y empuja con insistencia la cabeza contra tu mano o tu mentón, reclamando caricias. A los pocos minutos parece quedarse dormida, mientras ronronea con un sonido grave, continuo y profundamente relajante. Es reconfortante saber que, con vibraciones de entre 25 y 50 hertz, su ronroneo podría favorecer la regeneración ósea. ¿Será que Chía está contribuyendo a prevenir la osteoporosis de mi tercera edad?

Si te detienes a observarlos con atención, descubrirás que, además de un rico lenguaje corporal, los gatos poseen un repertorio vocal sorprendentemente diverso. En el caso de Felis catus, se han descrito al menos una veintena de vocalizaciones básicas entre maullidos, ronroneos, gruñidos, chirridos, con numerosas variaciones según el contexto y el individuo.

Recientemente, con ayuda de la inteligencia artificial, los investigadores graban y analizan grandes bases de datos de vocalizaciones y del comportamiento asociado a cada una de ellas, y entrenan algoritmos capaces de detectar patrones que escapan al oído humano: microvariaciones en el tono, la duración o la frecuencia. El resultado son espectrogramas detallados que funcionan como una especie de “huellas acústicas” de cada vocalización.

Se ha encontrado así que no todos los maullidos son equivalentes: algunos se asocian a contextos de solicitud de alimento, otros a interacción social, otros a estrés, dolor o malestar. Del mismo modo, los gatos modulan sus vocalizaciones de forma muy particular, lo que da lugar a lo que algunos autores han descrito como “firmas vocales” reconocibles por otros individuos (humanos o gatunos).

Recientemente han aparecido aplicaciones que prometen interpretar el lenguaje felino, como MeowTalk y otros «traductores de gatos». Utilizan inteligencia artificial para clasificar los maullidos en categorías como «hambre», «saludo» o «estrés». No son el equivalente a tener un intérprete simultáneo para gatos, pero funcionan como Google Translate durante un viaje: a veces aciertan, otras veces simplifican, pero siempre te sacan de apuros.

Después de jugar un rato con uno de esos traductores, descubro que las vocalizaciones de Pimi y Chía después de mis ausencias son, a la vez, un saludo y un reclamo. Tina tenía razón. 

Quizá la pregunta nunca fue cuántos miaus caben en un gato, sino cuántos somos capaces de escuchar los humanos.


¡No desenchufes la licuadora! Suscríbete y ayúdanos a seguir haciendo Jugo.pe



Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

seis + cuatro =

Volver arriba