Milagros del quechua y el Inti Raymi en otras latitudes del planeta
Desde 2022, quién sabe si inspirados por las recientes películas del osito peruano-británico Paddington, las autoridades del Reino Unido autorizaron que los peruanos pudiéramos ingresar a su país sin necesidad de visa. Antes, además de gastar un buen dinero, había que hacer un trámite engorroso para cada viaje: mandar papeles, dejar el pasaporte y, por supuesto, pagar la tarifa consular. Era un proceso distinto a los de Canadá o Estados Unidos, donde las visas suelen otorgarse por períodos de dos, cinco o hasta diez años.
Con eso en mente, me animé a visitar Londres por primera vez en 2023, por un par de días, antes de seguir rumbo a Barcelona. Desde que supe que viajaría al Reino Unido, ya estaba preocupado por las logísticas de dónde cambiar dinero. Usualmente es fácil encontrar casas de cambio para euros o dólares, pero no tanto para libras esterlinas.
Un amigo me tranquilizó:
– Basta con que lleves una tarjeta, o solo tu celular con datos.
– ¿Para todo?
– Sí, incluso para subirte al tren desde el aeropuerto.
Ahora quizá esto suene completamente normal, pero fue la primera vez que sentí que podía viajar al otro lado del mundo con apenas mi teléfono y que todo funcionaba bien. Sin billetes, sin monedas, sin tener que calcular demasiado.
También tenía entendido que Londres era una ciudad gris y lluviosa. Sin embargo, era fines de mayo y los dos días que estuve allí me tocaron sol y calor; tal vez fue suerte. Quizás Londres no era tan gris como nos lo habían hecho creer. Pero sospecho que, en mi caso, la calidez tuvo menos que ver con el clima que con las personas que encontré.
En aquella primera visita pude conocer a José Miranda, uno de los impulsores de Comunidad Rimanakuy, un colectivo que promueve el quechua y la cultura andina desde Londres. Con él recorrimos Elephant & Castle, un barrio históricamente latino de la ciudad, donde uno de los periódicos comunitarios había incorporado una página en quechua. ¡Un periódico en Londres que publica regularmente contenido en quechua! Eso tenía que verlo. Notar esa presencia, en medio de una ciudad que tantas veces imaginamos lejana de los Andes, fue una de esas pequeñas escenas que reorganizan la manera en que entendemos una lengua.
Porque el quechua no pertenece solamente al pasado, ni está limitado a una geografía rural o a una postal turística de los Andes. Se habla, se enseña, se aprende y se reinventa también en Lima, Buenos Aires, Londres, Nueva York, París, Barcelona y tantas otras ciudades donde las comunidades andinas han construido nuevas formas de pertenencia. En esos espacios, la lengua no sobrevive como un resto: crea vínculos, innova, conecta generaciones y ayuda a imaginar futuros.
Comunidad Rimanakuy trabaja precisamente contra el estereotipo del quechua como una lengua antigua, encerrada en un tiempo que ya pasó. Sus actividades, sus clases y sus iniciativas culturales afirman otra cosa: que las culturas originarias tienen una perspectiva global y que las diásporas andinas no son una excepción marginal, sino parte central de esa historia.
Recientemente volví a la capital británica y, nuevamente me recibió un día soleado, preciso como para comerme un fish and chips con su chela helada cerca a unas calles de Tower Bridge. Esta vez pude conocer a otros integrantes del colectivo, Mary Luz y Constantina. “Allillanchu turay!”, me saludaron.
El quechua sonaba en Londres: me compartían sobre las clases que ofrecen desde el colectivo, sus ensayos de danzas andinas, y sobre la organización de una festividad comunitaria del Inti Raymi que estaban preparando en la ciudad para el mes de junio. Escucharlas coordinar sobre estos proyectos confirmó algo que intuía desde mi primera visita: hay una energía especial y ánimo de colaboración en quienes no solo preservan una lengua, sino que la proyectan hacia el mundo.
Estos encuentros forman parte de una conversación más amplia que espero seguir explorando en el futuro, como parte de un proyecto mayor sobre las comunidades quechuahablantes, las culturas andinas y sus iniciativas de revitalización más allá de los Andes. Me interesa pensar cómo estas experiencias de migración, enseñanza, celebración y organización comunitaria están transformando nuestra idea de lo que significa hablar quechua hoy.
De pronto Londres es una ciudad gris el resto del año. Pero para mí ha sido cálida, tanto por el clima, como por la comunidad humana que encontré allí. Y quizá sea el Inti Raymi, la fiesta del sol que se celebra en Cusco y otros espacios andinos, la que hace que Londres siempre parezca tener un poco más de luz.
A José, Mary Luz, Constantina y a toda la comunidad de Rimanakuy: gracias por la generosidad, la conversación y el trabajo que realizan. Gracias por recordarnos que el quechua también vibra en ciudades que parecen estar demasiado lejos de los Andes. Y, a este paso, no me sorprendería que para el Inti Raymi del próximo año se aparezca también el osito Paddington: maleta en mano y dispuesto a aprender unas palabras de quechua antes de sumarse a nuestra fiesta del sol.
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