La literatura peruana no puede estar en un solo lugar


Voces regionales para incomodar al centralismo cultural limeño


Jorge Malpartida Tabuchi (Arequipa, 1990). Periodista, escritor y docente. Autor del libro de cuentos Contra toda autoridad, excepto… (Aletheya, 2024), sobre punks y otakus ansiosos. Creador del podcast Lector Beta, dedicado a la literatura desde las regiones. Publicó relatos en revistas y antologías de Argentina, México y EE. UU. Enseña en universidades de Arequipa y Lima, y dicta talleres de periodismo y escritura creativa.


Ya cansa un poco: la palmadita en el hombro y ese forzado entusiasmo de quienes miran a la literatura que se escribe fuera de Lima con condescendencia. «Ah, escritor de provincia. ¡Adelante, compañero!». «Ah, literatura regional. ¡Palmas por el esfuerzo!”. Pero, luego de ver la portada del libro, apellidos, foto de solapa, lugar de nacimiento, centro de trabajo, editorial y comentarios en la contratapa, se decepcionan, miran hacia otro anaquel y pasan a otra lectura. O, más bien, a lo mismo. El menú de siempre.

Y ahí queda la literatura regional, señalada con orgullo, claro, para verla de lejos con exotismo, como reserva natural, patrimonio inmaterial o cuota de diversidad. Para completar una foto, pero no para tomarla en serio o leerla. Porque, vamos, hay niveles, dijo Shaw (Leslie, no Bernard). No es lo mismo publicar acá que allá. Una presentación en Dasso no es igual que una en la calle Puente Bolognesi o en el jirón Libertad. Y acá surge otra idea molesta y tan bien instalada en los círculos ilustrados: que la literatura peruana, la verdadera, vamos, ocurre en un solo lugar. Esa Lima que, en realidad, son solo tres o cuatro distritos. Lo demás es periferia, excepción, folclor o color local. Otras ligas. Como si estar lejos del malecón y habitar unos metros por encima del nivel del mar ya te relegara, sorry, a una especie de Copa Perú de las Letras. Se reconoce el esfuerzo, muy bien mi crack por el aporte, te felicito pero ahí no más quedamos. Después: viene la palmadita y esa mirada de que ya, pues, déjame ojear tranquilo mis mismos libros.

Desde esa incomodidad nació Lector Beta, el pódcast que desde hace dos años dirijo. Para discutir estas molestias o, al menos, visibilizarlas. En este espacio digital, entrevisto a autores y autoras que escriben desde las regiones. Un esfuerzo para ampliar el mapa de la literatura peruana. Para abrir el campo de discusión e insertar otras preguntas. Que desacomoden, sí; que den la contra, también. Y que nos permitan pensar al Perú desde otros lugares físicos y mentales.

En la segunda temporada de Lector Beta, que ya circula en Spotify y YouTube desde hace unas semanas, converso con escritores contemporáneos de Arequipa, Puno, Cusco y Amazonas. Poetas y narradores como Alfredo Herrera, Zoila Vega, Dina Ananco, Rosario Cardeña, Alberto Almirón y Yuri Vásquez. Todos ganadores de premios literarios importantes (el Premio Nacional de Literatura, el Copé de Cuento o Poesía, el de novela del BCRP, entre otros), que además tienen una obra valiosa, que debería ser leída por muchas más personas, más allá de su lugar de origen. Porque este pódcast no asume que todo lo que se escribe en las regiones es destacable por el simple hecho de no ser limeño. Eso sería indulgente: etiquetar al autor regional y convertirlo, por obligación, en un abanderado de la identidad comunitaria, el fervor andino o amazónico, lo originario y telúrico. Sería repetir un prejuicio y negarles la autonomía para escribir sobre lo que quieran y como quieran.

Para no caer en esa trampa me guían unos versos de Alberto Hidalgo, poeta dinamitero y universal: Tu territorio se extiende más allá de tus límites […] / Te alejas por el sur hacia senderos interplanetarios / Quizá ya satisfecho de haber acaudalado paralelos. La identidad cultural de un escritor no puede ser una jaula. Un autor de regiones puede escribir sobre su territorio o tradición local, o desde la memoria histórica o su lengua materna: el quechua, aimara o wampis. Pero también sobre la intimidad y el deseo, el blues, el policial, los referentes pop, la violencia política y el absurdo de estar vivo. No tiene que probar todo el tiempo su autenticidad y fidelidad al espacio de origen. Puede, simplemente, escribir.

Y por eso decidí entrevistar a estos autores: no por descarte o compensación, sino porque los considero realmente admirables. Porque escriben muy bien y poseen un mundo propio, una sensibilidad y un manejo del lenguaje únicos, que les permite abordar la condición humana desde lo universal sin renunciar a su mirada genuina y cardinal.

Entender que la literatura peruana no se escribe desde un solo lugar también implica ir más allá de ciertos parámetros preestablecidos: las coordenadas realistas, las perspectivas de éxito y reconocimiento académico y cultural (que mantienen un eje capitalino), y un elitismo que envuelve a la escritura. Solo puedes escribir si estudiaste en… o conoces a… Pensar más allá del horizonte limeño, de su inevitable peaje para lograr la canonización, permite romper la tara del centralismo y observar que hay un circuito internacional mucho más atractivo y dinámico al cual debería apuntarse. Lima no es el Perú, y tampoco es solo San Isidro. Hay vida más allá de la Javier Prado. No importa que se juegue de visitante y con la tribuna en contra. Al final, es lo que vienen haciendo desde siempre los escritores de regiones. Y han encontrado caminos para sobrellevarlo. Pensar que el público está más allá de nuestras fronteras (geográficas, pero también de clase, lengua o estatus) y que puede leernos con cariño cualquiera con el que compartamos idioma.

Descentralizar nuestra literatura y visibilizar a otras voces no se consigue solo con buenas intenciones o cuotas. Se logra sobre todo permitiendo que las obras publicadas en regiones, o en editoriales independientes, circulen en condiciones similares a las de transnacionales o sellos más convencionales y establecidos. Ahí es clave el rol de las ferias del libro descentralizadas, las librerías independientes, los medios de comunicación y plataformas digitales con enfoques alternativos. Y el espacio que todos ellos pueden abrir para otro tipo de literatura. Eso trato de hacer desde mi iniciativa de periodismo cultural. Tengo una genuina curiosidad por escuchar a esas otras voces que aportan con su talento y rebeldía.

Aquí confieso mi debilidad y posible sesgo. Soy de Arequipa, pero mi identidad cultural no se agota en el sillar o el gusto por los yaravíes y el rocoto relleno. Soy un nikkei —from Tiabaya to the world— que creció con descargas piratas de anime y punk melódico, libros de segunda mano comprados afuera de mi universidad pública, y muchas horas de lectura parado en la combi. Un nerd contracultural. Así que me interesa conocer a esas autoras y autores peruanos que tienen ganas de complicar las cosas. Que están ampliando el mapa pero también lo desordenan. Y no piden permiso para hacerlo. Ya cansa esta imagen unánime del Perú. Un falso consenso como si fuésemos una postal de exportación o una foto para sociales. Nuestra literatura no tendría que aspirar a la armonía, sino a la ebullición. Un campo donde brota lo contradictorio, incómodo y conflictivo porque eso somos como nación. Es en ese hervidero en donde surge la reflexión y el entendimiento de las diversas miradas desde las que se escribe en nuestro país. Un país que, como anotó Hidalgo, está hecho de disidencias con lo fácil / De capitulaciones con lo grande / De triunfos sobre todo lo que te odia / Y derrotas por todo lo que te ama. Amor y odio, esperanza y rabia: esa es la forma más sincera de leer y escribir en el Perú.


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