Gane quien gane hoy, sigue pendiente recuperar la democracia
Este domingo 7 de junio, la mayoría de peruanos acudimos a las urnas convencidos de que lo hacemos en defensa de la democracia. Los seguidores de Keiko Fujimori votarán pensando que lo hacen para evitar la arremetida del comunismo, mientras que muchos otros lo haremos porque creemos que no podemos entregarle todas las instituciones a una organización política que viene capturando el Estado desde hace por lo menos diez años.
La crisis política peruana es profunda y antigua. Podemos debatir si se inició con la llegada de Alberto Fujimori a la presidencia en 1990, con su autogolpe de 1992, con la Constitución de 1993, o con sus reelecciones de 1995 y el 2000. O si, más bien, esta crisis deviene del fallido proceso de transición democrático que desde el año 2001 instaló libertad electoral, pero en el que persistieron los sistemas corruptos que caracterizaron al fujimorato. Me parece, sin embargo, que de momento vivimos las secuelas de algo que se inició en el 2016 con la consolidación de la bancada fujimorista en el Congreso: recordemos que sus 73 parlamentarios no hicieron más que obstaculizar la labor de Pedro Pablo Kuczynski y se inició una espiral de inestabilidad que nos ha llevado a tener ocho presidentes en una década.
Aquella vez, la heredera de Alberto Fujimori decidió poner al país en jaque por el simple hecho de no haber llegado a la presidencia. Recordemos también que, si bien fue derrotada por poco margen, su argumento inicial no fue haber sido víctima de un fraude, sino que más adelante, poco a poco, se comenzó a presentar el proceso de manera retrospectiva como irregular, en preparación a la elección del 2021. En el 2011, su derrota anterior frente a Ollanta Humala había sido tan clara y contundente —447 mil votos de diferencia— que el fraude tampoco fue un tema en esos cinco años. Y si bien Kuczynski la superó con solo 41 mil votos, cuando cinco años más tarde Pedro Castillo le gano por 44 mil, el fraude sí se esgrimió como la explicación de su derrota.
Aquel año 2021, la estrategia consistió en poner en duda la legalidad misma de los comicios y Keiko Fujimori se resistió a aceptar los resultados. En esas elecciones, una vez más, y tal como ha ocurrido en las presentes, fue crucial la activación de un movimiento que agrupa a generaciones y personas con ideas muy diversas que se conoce como el antifujimorismo. Este movimiento ha sido hasta hoy clave para detener su triunfo porque ya no solo se recuerda los crímenes ocurridos en el gobierno de su padre, sino también la forma en que ella mismo le puso trabas al funcionamiento del país desde 2016 en adelante, y el antifujimorismo parece haber engrosado sus filas después del 2018. A ello contribuye sus limitaciones como candidata, ya que, si bien no le ha faltado un caudal electoral suficiente como para pasar a segunda vuelta, una vez allí el techo para crecer se le ha mantenido relativamente bajo.
Es verdad que eso podría cambiar el día de hoy, pero parece difícil: los sondeos que no se han podido publicar en Perú debido a una anticuada ley electoral, muestran la subida y tendencia al alza de Sánchez. Esto, en gran parte, porque en las últimas semanas el antifujimorismo finalmente ha despertado, e incluso algunas personalidades públicas que antes no votaron ni por Castillo, ni por Humala —como el periodista Pedro Salinas—, han declarado públicamente que en esta ocasión lo harán por el adversario de Fujimori. Lo mismo ha hecho Salvador del Solar, quien fuera premier de Martín Vizcarra. Es probable que este viraje hacia Sánchez entre ciertos líderes de opinión y sus seguidores haya comenzado cuando el respetado periodista César Hildebrandt hizo pública su decisión de votar por él, argumentando que ante el copamiento institucional por parte del fujimorismo lo único que quedaba era votar en bloque en su contra.
Hasta ahora ha quedado claro que si Keiko Fujimori pierde, su argumento será que se ha cometido un fraude. Se alzarán una vez más las voces que claman por la anulación de ciertos votos, se acusará a quienes votaron en su contra de intentar destruir el país, y se echará mano a los organismos electorales para tratar de revertir la situación. De ocurrir ello, habrá que pelear una vez por mantener los resultados y esperar, al final de cuentas, si se pudieron defender las instituciones de tremendo asalto. En estas elecciones se juega precisamente eso, la legitimidad y la democracia, pero no esa democracia que esgrimen las aplanadoras, sino la verdadera, la que busca el balance y la independencia de las instituciones.
Así, pues, cualesquiera que sean los resultados de hoy, la ciudadanía igual tendrá que dar una batalla larga y sostenida por recuperar la institucionalidad aún después de nuestro paso por las urnas.
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