El Mundial 2026 y la trampa del termómetro


Jugar en verano por tradición, cuando el clima ya no lo permite, es un peligro con evidencia


El fútbol se enfrenta a un rival que no viste camiseta, ni responde a las tácticas de ningún director técnico: el estrés térmico. A medida que nos acercamos a la Copa Mundial de Fútbol 2026, la ciencia y la normativa de la FIFA parecen hablar idiomas distintos, creando un abismo que pone en riesgo la salud de los protagonistas y de los miles de aficionados que seguirán los encuentros. 

En el reciente informe denominado  El cambio climático será un factor clave en la Copa Mundial de la FIFA 2026, investigadores del Imperial College London analizan cómo el cambio climático antropogénico aumentará significativamente los riesgos por calor extremo durante este torneo, y advierten que estamos midiendo el peligro con la herramienta equivocada. 

Los investigadores del informe usan el WBGT (el índice de bulbo húmedo con globo negro), esto sirve para medir el estrés térmico real que experimenta el cuerpo humano durante la actividad física al aire libre, combinando temperatura del aire, humedad, radiación solar y viento; a diferencia de los grados centígrados, que solo indican el calor del aire sin considerar estos factores que determinan si el sudor se evapora o no y, por tanto, si el cuerpo puede enfriarse o entra en riesgo de colapso térmico.

Entre la evidencia científica y el reglamento vigente 

El Sindicato Mundial de Futbolistas (FIFPro) ha sido enfático en sus advertencias. Según sus protocolos, cuando la temperatura alcanza los 26 °C WBGT o más, el estrés térmico se convierte en un riesgo real que exige pausas de enfriamiento obligatorias. Más alarmante es el umbral de los 28 °C WBGT: en ese punto, las condiciones se consideran inseguras para la práctica deportiva y se recomienda la postergación o suspensión preventiva del encuentro. 

La FIFA, sin embargo, mantiene una postura mucho más conservadora y, para muchos expertos, insuficiente. El máximo organismo del fútbol solo contempla la postergación cuando los niveles de WBGT superan los 32 °C. En la práctica, esto se traduce en pausas de apenas tres minutos durante cada mitad, una medida que parece más un gesto administrativo que una respuesta fisiológica a la exigencia de un atleta de élite. Es, en esencia, ignorar que el cuerpo humano tiene un límite biológico para disipar el calor, especialmente bajo niveles elevados de humedad y radiación solar directa. 

En una conferencia de prensa sobre el estudio, Chris Mullington, investigador del Imperial College London, es contundente: «Por encima de los 28 °C, el riesgo de sufrir enfermedades graves relacionadas con el calor se vuelve crítico, no solo para los jugadores, sino para los cientos de miles de aficionados en los estadios y sus alrededores». 

El golpe de calor es una emergencia médica que pone en peligro la vida, que afecta desproporcionadamente a personas mayores y a quienes tienen condiciones médicas preexistentes. 

El cuerpo se enfría como un piso de terraza mojado: el agua se evapora y se lleva el calor del cemento; en nosotros, el sudor que llega a la piel se evapora y se lleva el calor corporal. Pero si el aire está saturado de humedad —como en Lima después de una garúa persistente— el agua no se seca. El sudor tampoco se evapora: se queda en la piel sin llevarse nada. El cuerpo sigue generando calor durante el partido, la temperatura interna sube, y entra en escena el golpe de calor —ese colapso del cuerpo que los científicos del estudio advierten como riesgo mortal cuando el WBGT supera los 28 °C—. Es como respirar con una bolsa de plástico pegada a la boca: el aire entra, pero no sale, y cada vez te ahogas más.

Mientras la ciencia pide una precaución máxima, el reglamento parece conformarse con una mínima, priorizando la continuidad del espectáculo. 

Del Mundial de 1994 al de 2026 

El panorama climático ha cambiado drásticamente en las últimas tres décadas. Al comparar la Copa Mundial FIFA de 1994 con la de 2026, las proyecciones son alarmantes. Se estima que en 2026 habrá 25,6 partidos con un WBGT de al menos 26 °C. De ellos, 9 se llevarán a cabo en estadios que carecen de sistemas de aire acondicionado. En contraste, en 1994, estas cifras eran significativamente menores: 21 partidos en total, con solo 6 en condiciones sin refrigeración. Si elevamos el umbral a los 28 °C, los números confirman la tendencia al alza: se esperan 5 partidos bajo estas condiciones en 2026, frente a los 3 que se habrían registrado en 1994. 

Más preocupante aún es la probabilidad de alcanzar los 30 °C WBGT, que prácticamente se ha duplicado en comparación con hace 32 años. Sedes como el MetLife de Nueva York, el Lincoln de Filadelfia o el Hard Rock de Miami se sitúan en la zona de mayor exposición. Incluso los partidos nocturnos no están exentos de riesgos: el informe destaca que el encuentro Países Bajos vs. Túnez, que comenzará a las 6 pm en Kansas City, tiene un 7 % de probabilidad de superar el umbral de 28 °C que FIFPRO considera inseguro.

Más allá de las líneas de cal 

El informe destaca una verdad incómoda: aunque los estadios modernos cuenten con tecnología de enfriamiento, el riesgo no desaparece. Los aficionados que se desplazan, los que esperan en las filas o los que participan en celebraciones masivas en los alrededores del estadio están totalmente expuestos al clima. El fútbol se vive más allá de la cancha; es un fenómeno social que moviliza masas en espacios abiertos. 

El horizonte de 2030 y la sostenibilidad del calendario 

Si la logística de 2026 parece compleja, el horizonte de 2030 plantea interrogantes aún más profundos. Con una sede repartida entre seis países —España, Portugal, Marruecos, Argentina, Uruguay y Paraguay, según la propuesta aprobada por la FIFA—, el torneo se enfrentará a una diversidad climática sin precedentes. Pasaremos de jugar en distintas estaciones a saltar entre continentes con microclimas radicalmente opuestos.

La pregunta que surge es si la tradición de jugar en el verano del hemisferio norte es realmente sostenible en un mundo que se calienta a pasos agigantados. Los científicos no abogan por la cancelación del fútbol, sino por una gestión responsable. Piden medir la temperatura con herramientas precisas, garantizar descansos adecuados y, sobre todo, cuestionar si el calendario actual sigue siendo compatible con la realidad climática. 

“El hecho de que la propia final del Mundial corra un riesgo nada desdeñable de disputarse bajo un calor tan intenso debería servir de llamada de atención para la FIFA y los aficionados, y poner de relieve la urgente necesidad de comprender que no hay ningún aspecto de la sociedad que no se vea afectado por el cambio climático”, señaló en la misma conferencia Friederike Elly Otto, investigadora en Imperial College London.

El calor ya no es un invitado ocasional; se ha mudado de forma permanente a la cancha. Ignorar esta realidad no solo es un error reglamentario, es un riesgo que el mundo del fútbol no puede permitirse seguir corriendo. La salud de los jugadores y de los hinchas debe ser el centro de la discusión, antes de que el termómetro pite el resultado final.  


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