Toallas higiénicas a cambio de coito


¿Hasta cuándo las niñas pobres serán las personas que más pierden la dignidad?


Carla Martinez Becerra es becaria Shelby Davis y estudiante de Ecología Humana con enfoque en Ingeniería Civil en College of the Atlantic, donde articula la gestión de recursos hídricos, el entorno construido y la justicia social como ejes de su formación. Su trabajo de investigación aborda la demanda residencial de agua, infraestructura verde, modelación hidrológica y mitigación de contaminantes como PFAS. Es fundadora y directora ejecutiva de MenstruAcción, organización juvenil que trabaja por la equidad menstrual en el Perú.


Una niña no debería verse en la necesidad de negociar su cuerpo para conseguir productos de higiene menstrual. Tampoco tendría que calcular cuánto cuesta su silencio para poder ir al colegio sin miedo a mancharse el uniforme. Pero en algunas zonas del Perú, menstruar puede convertirse en una peligrosa negociación entre pobreza, dependencia y abuso. Eso es lo que hoy denuncian comunidades indígenas en la región Amazonas: “[…] Docentes que, a cambio de toallas higiénicas, solicitan relaciones sexuales a las alumnas«, declaró Rosemary Pioc Tena, docente y presidenta del Consejo de Mujeres Awajún. La misma denuncia emerge en un contexto aún más grave: más de 524 reportes de abusos sexuales cometidos por dichos docentes contra escolares, recopilados entre 2010 y mayo de 2024, además de casos de contagios de VIH en estudiantes. Una niña de cinco años falleció el 2024 a causa de ello.

La explotación no aparece en el vacío. La pobreza no explica ni justifica la violencia sexual; revela una cadena de vulnerabilidades previas que pone a las mujeres más expuestas al abuso, al silencio y a la dependencia. Cuando un producto de primera necesidad se vuelve sistemáticamente inalcanzable, la dignidad se convierte en moneda de cambio. Y cuando esto ocurre, el problema ya no puede leerse sólo como violencia de género: es también una falla de diseño estatal, de salud pública, de exclusión educativa y de desigualdad socioeconómica estructural (e histórica).

Pero, ¿qué es más importante: comprar un paquete de toallas higiénicas o comida? La pregunta es cruel porque no debería existir. Ninguna familia debería tener que elegir entre alimentar a sus hijos o garantizar que una niña pueda menstruar dignamente, sin miedo, sin infecciones y sin faltar a clases. Sin embargo, para miles de hogares peruanos esa es una elección mensual.

Los trapos, papel higiénico, hojas y periódicos se vuelven sus mejores aliados. Se doblan, se acomodan como se pueda (o se ingenie), se esconden entre la ropa interior y se reza a todos los santos para que aguanten hasta volver a casa. La niña aprende rápido a caminar distinto, a sentarse con cuidado, a no correr en el recreo, a ejercitar sus rodillas para levantarse lentamente de la silla antes de pararse por completo y dar una revisión final. Aprende a llevar una casaca en la cintura aunque haga un calor infernal. Aprende a mirar hacia abajo, a no levantar demasiado la mano, a pedir permiso para ir al baño solo cuando ya no puede más. Aprende a calcular el humor del profesor, a ensayar la voz para que su ruego suene urgente pero no impertinente, sabiendo que la negativa del docente es la frontera entre su dignidad y la burla de todo el salón. 

Pero el baño tampoco es el santuario que espera. A veces no hay agua. A veces (nunca) hay jabón. A veces el cubículo no tiene pestillo. A veces hay otras niñas entrando y saliendo, o peor, niños merodeando por fuera. A veces el profesor no entiende por qué la estudiante pide salir otra vez. Entonces, la menstruación, que debería ser este proceso biológico común, se convierte en una hostil prueba de supervivencia.

Y si algo sale mal, si la sangre traspasa la tela o mancha el uniforme, aparecen las risas, la culpa, la vergüenza. Lo que empezó como una “simple” carencia económica termina marcando el cuerpo ante el escrutinio del público. Y esto no sólo ocurre en la región Amazonas: una de cada tres niñas y adolescentes peruanas faltan al colegio mensualmente solo por su periodo. No porque no quieran estudiar, sino porque estudiar menstruando, sin productos, sin baños dignos y sin un entorno seguro es, simplemente, saltar a la boca del cocodrilo.

Frente a la parálisis de un Estado que promulga leyes pero congela presupuestos (Ley 31148), la respuesta no puede ser la resignación ni el asistencialismo clásico. Repartir paquetes de toallas desechables quizá alivie la urgencia unos días, pero no rompe el círculo vicioso. Al siguiente mes, la necesidad vuelve. El gasto vuelve. La dependencia vuelve. La verdadera transformación exige cambiar de lógica, de voces, de narrativa. No solo entregar productos, sino construir autonomía. No solo hablar de higiene, sino también de cuerpo, salud, dinero, consentimiento, vergüenza, educación y futuro. No solo hablar con las niñas, sino con sus compañeros, profesores, colegios y familias. No solo llegar a una comunidad con una donación, sino dejar conocimiento, herramientas y redes de apoyo que sigan funcionando incluso después de irse.

Esa es la apuesta de MenstruAcción, un programa integral al que pertenezco y que está estructurado en tres pilares interconectados: educación menstrual para entenderse a una misma; educación sexual para prevenir la violencia; educación financiera para reconocer que la dignidad requiere herramientas para planificar, decidir y sostener soluciones en el tiempo. 

Pero la educación sola tampoco basta. Decirle a una niña que su menstruación es digna mientras sigue sin tener productos seguros opera como otra forma de abandono. Entonces la pregunta cambia: ¿y si existieran productos reutilizables, seguros para la salud, mejores para el ambiente, cómodos, discretos y capaces de durar tres, cuatro o más años? ¿Productos que permitieran que una niña dejara de preguntarse cada mes si tendrá suficiente dinero o valentía para ir al colegio?

Esa posibilidad ya existe. Lo que falta es hacerla accesible. Este julio y agosto, MenstruAcción unirá conocimiento, productos sostenibles y acompañamiento comunitario para que menstruar no sea un obstáculo para la dignidad de estudiantes en Lima, Cajamarca y Amazonas. Projects For Peace, AllMatters, Saalt confían en nuestra misión. Mientras las políticas sectoriales sigan archivadas en la burocracia ministerial, la sociedad civil organizada tiene la urgencia de mitigar esta situación, aunque sea parcialmente, con una línea de defensa. Si este título te incomodó, quizá también pueda movilizarte a apoyarnos. Súmate a esta campaña para cambiar la realidad de 300 niñas y asegurar que vivan su menstruación con dignidad, seguridad y sin frenar sus estudios.


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