Uno de los mayores expertos en fascismo tiene la respuesta
¿Por qué los regímenes autoritarios —con todo el poder que tienen, con el ejército, los tribunales y los medios bajo su control— le dedican tanta energía a reescribir los libros de texto, a quemar archivos, a prohibir autores? ¿Qué tiene la historia que los inquieta tanto?
Jason Stanley, filósofo de Yale, le dedica su último libro a responder esa pregunta. Erasing History: How Fascists Rewrite the Past to Control parte de que la historia es, por definición, plural. Reconoce múltiples perspectivas, múltiples voces, versiones distintas y a veces contradictorias del pasado. Y esa pluralidad —la posibilidad misma de que existan varias versiones legítimas— es lo que el fascismo no puede tolerar, porque su proyecto requiere exactamente lo contrario: una sola historia, un solo “nosotros”, un pasado sin fisuras que justifique el presente.
Stanley ya había trazado el mapa del fascismo contemporáneo en How Fascism Works (2018), donde identificó sus tácticas recurrentes: la invención de un pasado mítico, el uso de la propaganda para crear una realidad alternativa, la apelación al resentimiento, la división permanente entre un “nosotros” puro y un “ellos” contaminante. Erasing History desarrolla la pregunta que seguía pendiente: ¿cómo se construye el suelo cultural en el que esas tácticas arraigan? La respuesta de Stanley es que ese suelo se labra en las aulas. Para los regímenes autoritarios, sin control sobre lo que se recuerda y lo que se olvida, no hay relato nacional posible. Y sin relato nacional, no hay manera de sostener su abuso de poder.
El libro documenta cómo esa operación ocurre hoy, simultáneamente, en lugares tan distintos como Florida, Moscú, Nueva Delhi o Budapest. En India, el gobierno de Modi ha modificado más de mil pasajes en 182 libros de texto escolares para que la historia encaje con el nacionalismo hindú. En Turquía, Erdoğan eliminó la evolución de los currículos y borró décadas de laicismo fundacional. En Rusia, los libros de historia representan la invasión de Ucrania como una reunificación voluntaria. En Hungría, se retiró del currículo nacional al único premio Nobel de Literatura del país —Imre Kertész, sobreviviente del Holocausto— y se incluyó en su lugar a un dramaturgo menor que había apoyado el nazismo. No es ignorancia, es una apuesta política.
Lo que hace valioso a Stanley, más allá del inventario de horrores, es que explica el mecanismo preciso. Cuando un gobierno borra de los textos la historia de una rebelión o de una masacre, le quita a los estudiantes la capacidad de imaginar que el presente pudo haber sido distinto y el futuro todavía puede serlo. Sin historia de los movimientos sociales, sin memoria de las veces en que el poder fue resistido y derrotado, la realidad actual y lo que viene parecen inevitables. Eso es exactamente lo que se busca. Una sociedad que no conoce su historia de conflictos no tiene con qué argumentar contra el poder. La ignorancia no es un efecto secundario del autoritarismo, es uno de sus objetivos centrales.
Stanley también explica por qué esta táctica les resulta tan efectiva: no necesitan reemplazar la historia por una mentira perfecta, muchas veces basta con instalar la duda. Que los hechos parezcan discutibles, que los informes parezcan sesgados, que la evidencia parezca una opinión más. Cuando se logra eso, el terreno está ganado: la verdad y la mentira quedan en el mismo nivel, y el ciudadano, agotado, termina por no creer en ninguna.
El libro responde, al final, su propia pregunta inicial. Los dictadores le temen a la historia porque la historia plural, honesta y crítica produce algo que ningún autoritarismo puede controlar: ciudadanos capaces de imaginar un mundo distinto al que les ofrecen.
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