«Huachafo» es racista


No importa cómo quieras usar esta palabra certera


Pienso estos días en la palabra «huachafo».

Cuando era chico, me la explicaron de forma muy sencilla: huachafo era quien combinaba hasta las patas su ropa, con mal gusto, obteniendo resultados recargados, demasiado coloridos, sin mucho sentido. Me la explicaron como una categoría objetiva, inafectada por las opiniones, tautológica: lo huachafo era lo huachafo.

Por años me pareció una palabra pertinente. La oí. La usé. No encontré otro término que pudiera reemplazarla con todos sus matices.

Matiz es aquí la palabra clave.

Más adelante, fui entendiendo que «huachafo» también podía ser usada de otro modo: para referirse a quien —siendo peruano, viviendo en el Perú— hablaba, se vestía o se comportaba como gringo, como europeo, como si perteneciera a una clase muy alta o aristocrática, pero —y aquí lo más importante— sin serlo, sin pertenecer.

En palabras simples: quien se creía algo que no era, y fallaba en el intento de parecerlo.

Mi sentimiento hoy es que ambas definiciones son dos partes de una misma cosa. O, mejor dicho, que el matiz irremplazable que tiene la palabra «huachafo» cuando hablamos de estilo, gusto y moda es justamente el presunto arribismo al que hace referencia su segunda definición. Un arribismo que —en el Perú, sobre todo— solo puede ser acusado desde una idiosincrasia racista y clasista, incluso cuando el dedo apunta hacia arriba.

Habría que recordar la célebre frase de Audree Lorde: «Las herramientas del amo nunca desmontarán la casa del amo».

El uso de la palabra «huachafo», a veces, suele justificarse en el hecho de que señala y denuncia una actitud vinculada a la de los ricos del mundo. Sin embargo, no es difícil darse cuenta de que el ensañamiento contra los «huachafos» no es el mismo que cae sobre los «verdaderos ricos».

En el progresismo peruano, por ejemplo, es bastante común encontrar voces que pueden tolerar, como una molestia menor, la existencia de una élite económica, como si esta fuera natural e inevitable. Pero la aparición de «nuevos ricos», muchas veces de región, los irrita, y entonces empieza el ejercicio de señalar una a una las «huachaferías», todo aquello que les jode, no de los ricos, sino de quienes intentan parecerse a ellos.

(Pienso, también, en lo irrisorio que les resulta el fenómeno Latinos for Trump, en las carcajadas que les produce ver a votantes latinoamericanos de Trump siendo ahora deportados por ICE. Trump y sus compinches y sus votantes gringos los incomodan, pero Latinos for Trump es lo que realmente enciende sus conversaciones).

«Huachafo» encierra el racismo cruel de la recurrente pregunta: ¿y tú quién te has creído?

No denuncia la elegancia del rey, sino su imitación fracasada. La ridiculez de quien intenta escalar en la pirámide social a punta de adoptar modas, costumbres y palabras, pero haciéndolo mal.

Usar la palabra «huachafo» —aunque a veces se haga contra quien está por encima de nosotros— reafirma la legitimidad de las jerarquías económicas, sociales y raciales que muchos, luego, en otros contextos, afirman querer subvertir.

El mundo está lleno de odio hacia los pobres, pero a veces aparece camuflado, sublimado en otra cosa. En el odio a quienes no son verdaderamente ricos y creen serlo, por ejemplo. A quienes gastan mucho dinero en ropa, pero no saben elegirla. A quienes piden el vino más caro, pero no tienen el paladar necesario para disfrutarlo. A quienes usan mal el inglés o el francés. A quienes no tienen apellido oligarca. A los advenedizos. A quienes no vienen de fortunas inacabables.

Huachafear: la última forma socialmente aceptada de cholear.

Y tú, ¿cuándo fue la última vez que huachafeaste a alguien?


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