Grupos familiares de WhatsApp a punto de estallar

Carlos Portugal. Trabajó seis años como cronista policial en Hildebrandt en sus trece. Ganó el concurso de dramaturgia Sala de Parto y fue finalista de los Premios Luces a mejor dramaturgia nacional. Tiene un máster en Guion y Dramaturgia por la Universidad Autónoma de Madrid, otro en Cine Documental por el Instituto del Cine de Madrid y cursa un posgrado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente, es librero en esa ciudad.
Prometiste no decir nada. Ya ha ocurrido antes y nadie quiere otra guerra civil en el grupo de WhatsApp. Pero tampoco te haría mal. Seamos sinceros: estando lejos, tienes ganas de debatir: que la política peruana te tome el alma, enfurecerte verbalmente y ponerte rojo de la molestia y decir que sí, que esto eres, que en esto crees y no en lo otro. No eres el único: lo hablas con amigos y te dicen lo mismo, que sus grupos de familia también hoy son guerras frías que luego explosionan y que ya ocurrió antes, curiosamente, cinco años antes, y que, así como se reciclan memes electorales, se reciclan emociones.
Prometiste no decir nada. Pero no puedes con tu genio; ellos tampoco.
C te dice que ella cortó ciertos lazos luego de la anterior elección. Pero sucede que así, medio fachos como dices que son, los quieres. Y ellos, supones que también, que así, medio rojo como dicen que eres, también te quieren. Y eso de que los grupos familiares van creciendo con los años no es dato menor: es imposible que más de treinta personas piensen igual, y menos en el Perú.
Prometiste no decir nada. Además, los suyos «son delirios», piensas, utilizando un concepto aprendido en tus clases de la maestría y te sientes, ay, pero tan inteligente. Son delirios y fantaseas con escribir una columna a modo de ensayo intelectual. Y te sientes fantástico. Crees que podrías empezar hablando sobre José Vasconcelos, ese escritor y político mexicano que creía en la existencia de una raza cósmica y que escribió en 1925 un librito que a ti te divierte, diciendo que los americanos veníamos de los atlantes sin mostrar prueba alguna, más que frases como: «A medida que las investigaciones progresan, se afirma la hipótesis de la Atlántida como cuna de una civilización que hace millares de años floreció en el continente desaparecido en parte de lo que es hoy América».
¿Quién puede debatir frente a esa frase maravillosa: «a medida que las investigaciones progresan»? ¿Qué investigaciones? ¿Dónde progresan?
O podrías hablar del último libro que te llamó la atención, publicado aquí en España: un biólogo que habla de cómo los atlantes realmente estuvieron en el estrecho de Gibraltar y que de allí descienden los españoles y que esos antiguos atlantes tenían una simbiosis con las orcas para ayudarse a cazar atunes. Juntitos. Orcas y antiguos atlantes. Delirios,piensas. Y te sientes: ay, pero tan inteligente.
Y por qué sería diferente todo eso al panfleto que ahora aparece en el grupo de WhatsApp en el que dice que un número de trabajadores cubanos y venezolanos de la ONPE fueron quienes ejecutaron la orquestada comparsa del fraude electoral, fraude que, según estos otros memes y videos, de desesperados y trasnochados hombrecitos de derecha que corean pidiendo un golpe de Estado, es el mismo fraude prolongado del anterior, de la segunda vuelta de 2021, y que la ONPE controla todo, como dice López Aliaga, desde la mente maestra de Gustavo Gorriti, periodista que a ti, por el contrario a esos panfletos, te gusta leer, y siempre recomiendas uno de sus libros. Prometiste no decir nada. Además, lo de la Atlántida podría sonar inteligente, pero no explica cómo te sientes.
Lo intelectual, te das cuenta, no explica cómo te sientes.
Porque lo difícil es que no eres C; a ti te gustan esos fachitos que son también tu familia, te gusta sentarte a su lado, tomarte un vino, una cerveza y reírte recordando al abuelo y a la abuela, y escuchar música criolla con ellos o jugar juegos de mesa o hablar de cualquier cosa que no sea política, pero regresa para llenar el vacío que dejaste al irte, regresa, regresa aunque sea solo para despedirte, como, por ejemplo, esa vez que a uno de ellos dos motorizados le robaron frente a la casa, o cuando alguien dejó una mochila en la puerta y la abuela pensó que era una bomba y trajo a la policía, y reírnos sin sentido hasta de lo malo. Eres tibio, piensas. Tibio. Y te da miedo ahora que esto suene a un alegato de que la familia está por encima de todo porque en el fondo admiras a C y su decisión, pero te gusta comer chaufa rodeado de esas personas que te conocen de toda la vida y que a veces realmente no entiendes. La familia es tu comunidad imaginada, piensas, sintiéndote inteligente. Pero sabes que eres tibio. Y eso del alegato sobre la familia te suena tan huachafo y de autoayuda. Y ay tú, tan original citando a Benedict Anderson en 2026. Eres tibio. Pero no deberías serlo. Antes investigabas un crimen por semana y escribías sobre eso. Por las venas te corre sangre. Ya lo has probado. Has visto lo que tenías que ver. Has estado donde tenías que estar. No tienes nada que demostrar. Y, aun así, eres tibio, piensas.
Tibio. Tibio. Tibio.
Prometiste no decir nada. Quizá por eso te estás yendo por las ramas para evitar decirlo: no eres lo revolucionario que querrías ser. Y lo notas. Eres también el cliché del caviar del que antes también te reías por pecho frío, como decías en la universidad. Eres eso también. La tan aburrida mesura.
Prometiste no decir nada. Y aparece en el grupo de WhatsApp otro panfleto y un texto que al final dice así: «Gracias, Rafael. Dios te siga bendiciendo por siempre, patriota», luego de explicar que existe una gran e irracional conspiración internacional contra él que planificó el fraude a gran escala. Un plan dirigido meticulosamente desde Sao Paulo. Es demasiado, piensas. Y sabes que esto recién empieza.
Estás ahora sí decidido, apareces como escribiendo en el grupo. Estás listo para ir a la guerra. Listo para lanzarte del Antonov del Ejército Peruano con tu paracaídas del 68. Sientes que es por un bien mayor, que el Perú está primero que todo. Listo. Lo escribes. Respiras. Respiras. Prometiste no decir nada. Todavía no lo envías.
Algo te detiene. Sales de WhatsApp un momento como quien deja un fármaco autorrecetado que en el fondo te hace mal, pero al que siempre vuelves minutos después. Y como placebo inmediato miras el sitio web sobre la Atlántida y lees una de las entradas más vistas. Se titula: «La tecnología de los atlantes». Y tiene datos y párrafos así: «Los anillos de agua de la Acrópolis estaban conectados con el mar —separados por cincuenta estadios (9.250 metros)— mediante un canal de tres medidas cuadradas (88,71 metros) de ancho y cien pies (25 metros) de profundidad. En el borde del canal, había una amplia entrada con gran capacidad para que las embarcaciones pudieran pasar a través de los anillos. El gran puerto cercano a Atlantis, la capital del reino unido, era espacioso y siempre estaba lleno de barcos y mercaderes de todo el mundo».
Delirios.
Prometiste no decir nada. Prometiste no decir nada. Prometiste no decir nada.
Ya ha ocurrido antes. Borras el mensaje en el grupo. Eres tibio.
Sigues leyendo sobre la Atlántida: «La flota de Atlantis estaba compuesta por 1.200 barcos diferentes».
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