Curar la pérdida de memoria


Un programa de entrenamiento revierte el envejecimiento cerebral 


Mi padre vivió una vida bella y plena, y murió a los 89 años “de viejito”: es decir, por la suma paciente y meticulosa de las múltiples complicaciones que trae consigo el envejecimiento. Entre ellas, la más persistente fue la enfermedad de Alzheimer, que se instaló en su vida durante la última década y que, como suele ocurrir, tardamos en reconocer y aún más en aceptar.

Al principio parecía casi un chiste doméstico: las llaves extraviadas, la cafetera moka quemada, los lentes que aparecían en el horno a microondas, las mismas preguntas repetidas y repetidas y repetidas. Sus hijos nos reíamos y levantábamos los ojos al cielo, como si el olvido fuera una travesura de la edad. Pero el humor se acabó lentamente y fue sustituido por cierto desasosiego. Lo que empezó como una distracción se volvió desorientación: las palabras que ya no llegaban, las frases que se rompían a medio camino, el extravío del regreso a casa. Más tarde, la falta de reconocimiento de amigos entrañables. Y, finalmente, esa escena inesperada: la duda o el vacío frente al rostro de sus propios hijos.

El deterioro fue lento y algo aliviaron los tratamientos farmacológicos; mucho más, la presencia constante, paciente y obstinada de mi madre, que sostuvo la memoria que a él se le iba deshilachando. Ella, una mujer fuerte e independiente, que en sus juveniles búsquedas emancipatorias rozó varias veces el pedido de divorcio, se convirtió en su más dedicada cuidadora y compañera. Una dedicación a tiempo completo de la cual yo era una severa crítica, sintiendo que mamá estaba desperdiciando sus años de plenitud y de vejez saludable para ponerse al servicio de mi padre.

Hoy, ella también presenta un deterioro cognitivo progresivo —quizás el inicio de una demencia— y los hijos navegamos entre dos extremos de emociones: la rabia y la compasión. Quisiéramos tener aún a la madre que fue, asertiva, combativa y, a la vez, cariñosa y creativa; y nos cuesta admitir el desgaste brutal de la vida, que el dramaturgo inglés John Ford poetizó dramáticamente hace cinco siglos[1]:

“…la vida, agotada del motín, cuenta las arenas,
en suspiros de lamentos, hasta que cae toda,
para concluir la calamidad en descanso”.

Si bien con el tiempo todos nos resignamos a aceptar la cuenta de las arenas, siempre queda una pregunta, ¿es la demencia inevitable?

El doctor Majid Fotuhi, neurólogo y profesor adjunto de la Johns Hopkins University, es un ferviente defensor de la idea de que podemos morir viejitos y cuerdos, es decir, volvernos unos abuelos centenarios manteniendo nuestras capacidades cognitivas. Sostiene que la demencia no es una condición sine qua non de la vejez y que, con ciertos cambios en el estilo de vida, podemos reducir significativamente el riesgo e incluso ralentizar su progresión.

Hoy, la demencia afecta a más de 55 millones de personas en el mundo, y cada año se registran cerca de 10 millones de nuevos casos. Para el año 2050, serán (¿seremos?) 139 millones. En el Perú, se estima que alrededor de 200 mil a 250 mil personas viven con algún tipo de demencia, aunque existe un subdiagnóstico importante.

La demencia no es una sola enfermedad, sino un síndrome —o sea, un conjunto de síntomas— asociado al deterioro progresivo de las funciones cognitivas como la memoria, el lenguaje, la orientación, el juicio y la capacidad para realizar actividades cotidianas. La enfermedad de Alzheimer es la forma de demencia más conocida, pues representa entre el 60 % y el 70 % de todos los casos. Pero no es la única. Dentro de este amplio espectro de afecciones, también encontramos la demencia vascular, asociada a problemas en la circulación sanguínea cerebral; la demencia con cuerpos de Lewis, que combina deterioro cognitivo con síntomas motores y alucinaciones; o la demencia frontotemporal, que afecta principalmente la conducta, la personalidad y el lenguaje. 

En los últimos años, numerosas investigaciones han mostrado que hasta un 45 % de los casos de demencia podrían prevenirse o retrasarse si actuamos sobre factores de riesgo modificables como la hipertensión, el sedentarismo, la depresión, el aislamiento social, entre otros. 

Majid Fotuhi sostiene que, así como acumulamos arrugas en la piel, sumamos arrugas en el cerebro. La inflamación, la reducción del flujo sanguíneo al cerebro y el “enjuague nocturno” de nuestro cerebro —ese proceso mediante el cual nuestro órgano elimina toxinas durante el sueño— serían los responsables de un paulatino empequeñecimiento de la masa cerebral asociado al envejecimiento. La apnea del sueño, por ejemplo, reduce el flujo sanguíneo y contribuye a ese deterioro; el estrés eleva el cortisol y afecta el hipocampo, la región donde se almacenan nuestras memorias; la mala alimentación, la hipertensión, el sueño de baja calidad y la falta de movimiento también inciden en este proceso. 

Durante décadas, el paradigma dominante sostuvo que el Alzheimer era consecuencia directa de la acumulación de placas amiloides en el cerebro. Sin embargo, este modelo —conocido como la ‘hipótesis amiloide’— es hoy objeto de un intenso debate, en parte debido al fracaso de muchos fármacos dirigidos a eliminarlas.

En su libro El cerebro Invencible,  Fotuhi plantea que el Alzheimer podría tener un importante componente inflamatorio y que, más que una causa única, responde a múltiples factores que debemos abordar de forma integral. En su clínica propone un programa de Brain Fitness de 12 semanas que se está volviendo casi tan popular como los gimnasios a los que juramos volver cada enero. La rutina, validada clínicamente, combina meditaciones, ejercicios físicos, sueño reparador y una intensa interacción social que inducen al cerebro a crecer y hasta rejuvenecer. Los estudios muestran mejoras medibles en memoria y atención en más del 80 % de los participantes, junto con un aumento promedio del 3 % en el volumen del hipocampo (observados en imágenes de resonancia magnética), un hallazgo relevante en la investigación sobre prevención del Alzheimer.

No sé tú, pero yo me apunto: a estas alturas, poco tengo que perder. Salvo, claro, la memoria.


[1] John Ford (1586-c.1639). The Lover’s Melancholy. Acto 4,Escena III.


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