Los paradigmas de una ciudad que permite fumar, pero no tomar fotos
El primer bar de Berlín al que nos llevan nuestros amigos tiene dos reglas muy claras:
1. Prohibido tomar fotos
2. Permitido fumar
Por primera vez en mucho tiempo, prendo mi cigarro en un espacio cerrado, lleno de humo desde antes de que llegáramos. Uno de nuestros amigos me pide tabaco, arma su cigarro y, luego de darle una pitada, sentencia que a él no le gusta que se pueda fumar adentro de los bares. El humo le molesta. La ropa y el pelo le apestan al día siguiente. Lo dice de verdad. Y sigue fumando.
A mi familia se lo cuento cuando salimos. Mi mensaje va acompañado de una foto grupal en el exterior del establecimiento: «Nos dejan fumar, pero no tomar fotos». Mi tía responde que ojalá fuera al revés.
La misma situación se repite más veces en esta ciudad que algunos describen como una rara avis de Alemania, y otros como la concentración paradigmática de sus valores más contemporáneos.
Tomar fotos en bares o fiestas suele estar mal visto. Lo mismo subir registros visuales de otras personas a redes sociales sin su consentimiento. Muchos se comunican a través de Telegram o Signal. Evitan Meta en todas sus versiones. La cultura digital prioriza la privacidad y la protección de datos. La piratería por internet, en ese sentido, va muy controlada. Solo algunos se atreven con los VPN. El resto maneja diversas cuentas de streaming oficiales, compra o alquila physical media (DVD o discos Blu-ray), o simplemente se pierde ciertas películas.
Suficientes contradicciones atraviesan Berlín. Muchísima gente ha elegido la bicicleta como medio de transporte, pero ahora son ellos los conductores más agresivos de las calles. Fumar es un derecho digno, pero no elegir la marca de comida saludable en el supermercado puede atraer algunas miradas. La automedicación de paracetamol o desinflamantes se considera irresponsable y peligrosa, pero la venta de drogas químicas como MDMA, éxtasis, speed o cocaína se cruza contigo a cada momento, en tarjetas y volantes que flotan libremente por las veredas. Si te animas, en treinta minutos tendrás el delivery.
En el Templehofer Feld —el antiguo aeropuerto nazi convertido hoy en un inmenso parque— nos sentamos a mirar la explanada: muchachos volando cometa, montando bici, practicando coreografías, paseando perros. La importancia del espacio público es crucial para la ciudad. Cada uno de nosotros va con una botella de cerveza de medio litro en la mano y no hay ningún riesgo de que la policía intervenga. Se siente la confianza en el comportamiento de los jóvenes.
Cuando el viento del parque enfurece, buscamos refugio en un pequeño huerto autosostenible que hay muy cerca. Allí, encontramos un mueble viejo con libros de regalo y un sticker en su madera:
– KITA
+ KETA
Nuestra amiga alemana nos explica que «kita» hace referencia a los kindergarten y otras instituciones day-care para niños. No hace falta que nos explique el diminutivo «keta».
Confundidos por su enigmática lógica, miramos el sticker y nos preguntamos cuál es, al fin y al cabo, el zeitgeist de este nuevo siglo en Berlín.
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