La Amazonía y el punto de no retorno


La cumbre del clima de estos días en Belem es nuestra prueba de fuego


Hoy arranca la cumbre anual del clima (COP30) en nuestro país hermano y vecino, Brasil. Belem, ciudad amazónica de aproximadamente 1,3 millones de habitantes —casi tres veces Iquitos— es la urbe anfitriona y un lugar simbólico para que los ojos del mundo se posen y se detengan, por fin, sobre la Amazonía. 

La selva amazónica, además de ser un territorio invalorable por su tesoro biológico y cultural, es una región clave para el futuro de la humanidad. Pero nuestra ignorancia sobre ella es tan grande como su propia extensión.

Nos enseñaron a nombrarla como el pulmón del planeta, pero estuvimos equivocados. La selva amazónica consume casi tanto oxígeno como el que produce. Su valor real no está en el oxígeno que genera, sino en su papel como regulador climático global.

Nos enseñaron que está casi deshabitada, pero también estuvimos equivocados: un estudio reciente estima que existen más de 10.000 sitios arqueológicos precolombinos no descubiertos en la cuenca del gran río Amazonas. Otras investigaciones revelan que, en la antigüedad, partes de la Amazonía que se creían desiertas fueron habitadas por más de un millón de personas, organizadas en redes urbanas y agrícolas complejas.

Nos enseñaron que la Amazonía era un paisaje virgen, de naturaleza salvaje, pero estuvimos equivocados. Numerosos estudios demuestran que los pueblos amazónicos antiguos mejoraron suelos, crearon sistemas agrícolas, orquestaron redes de pueblos, planificaron su asentamiento interconectados y gestionaron su entorno. Los bosques amazónicos, lejos de ser “naturaleza pura”, fueron paisajes profundamente transformados y sostenidos por el manejo humano.

En las últimas décadas, la ciencia ha ayudado a entender mejor la complejidad del bioma amazónico. Hoy sabemos que, más que los pulmones del planeta, la Amazonía es nuestro inmenso aire acondicionado. Libera cerca de 20 billones de toneladas de vapor de agua al día, enfriando la atmósfera. Además de ser un regulador térmico, la selva amazónica es también nuestro sistema circulatorio de agua: a través de la evapotranspiración, su bosque impulsa los famosos “ríos voladores”, enormes sábanas invisibles que transportan la humedad continental. Estos ríos aéreos llevan lluvias desde la cuenca del Río de la Plata hasta los Andes, sosteniendo la agricultura y las ciudades del sur de Brasil, Uruguay y Argentina, y llegando incluso a los altiplanos de Bolivia, Ecuador y Perú. 

Si lo piensas bien, incluso el agua que corre por los caños limeños  tiene algo de la Amazonía: los ríos voladores cruzan la cordillera, cargan de agua la cuenca del Mantaro —cuyo transvase alimenta el río Rímac— y llegan finalmente a la planta de la Atarjea, que abastece a Lima. De las griferías limeñas sale agua amazónica. 

Pero hay un desastre en ciernes. Hoy sabemos que en la selva amazónica hay más mugidos que rugidos: cerca de 90 millones de cabezas de ganado pastorean por tierras deforestadas, responsables de hasta el 80 % de la deforestación. Más de 150.000 kilómetros de carreteras, legales e ilegales, cruzan la Amazonía brasileña, y cada carretera multiplica el riesgo de pérdida del bosque. En Perú, por ejemplo, a lo largo de la vía Iquitos–Nauta ya se han perdido más de 40.000 hectáreas de cobertura forestal.

En la Amazonía merodean más gatos que jaguares: mientras los animales domésticos se multiplican en zonas urbanas y carreteras, las poblaciones de grandes mamíferos, como los jaguares, tapires o los monos araña, han disminuido a niveles alarmantes en áreas deforestadas.

Los ríos ya no arrastran oro, sino mercurio y otros venenos: según el informe de MAAP (Proyecto de Monitoreo de la Amazonía Andina), más de dos millones de hectáreas son la huella acumulada de deforestación por la minería aurífera entre Brasil, Perú, Bolivia y Colombia. 

Nos acercamos peligrosamente al umbral crítico: cuando entre el 20 % y 25 % del bosque amazónico haya sido talado, podría activarse un punto de no retorno (tipping point) que desencadene la sabanización de grandes porciones de selva. La temperatura subiría, los ríos voladores se desvanecerían, y con ellos desaparecería nuestro gran climatizador verde y las fuentes de agua que sostienen nuestras ciudades y agricultura.

No sé tú, pero yo me siento tan molesta como el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, cuando en las palabras de apertura de la cumbre presidencial de la COP30, frente a toda la delegación internacional, gritó: “En 2024, la temperatura media global estuvo por encima de 1.5 grados de los niveles preindustriales. El último informe de Naciones Unidas estima que el planeta camina a ser 2.5 grados más caliente hasta el 2100. Las pérdidas humanas y materiales serán drásticas: se esperan más de 250 mil muertes al año y una reducción del PBI global del 30 %. Por eso, la COP30 es la cumbre de la verdad. Es momento de encarar la verdad y tomar en serio las advertencias científicas”.

Tiene razón. La Amazonía no necesita más discursos, sino decisiones valientes. Ya no hay margen para la indiferencia ni para la ignorancia. La Cumbre de Belem será nuestra verdadera prueba de fuego. 


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