Cuando la interpretación de las leyes es un ejercicio de contorsionismo
“¡Iuris et de iure!” La voz del doctor Truquini resonó en el estudio de televisión. “La decisión tomada por el señor presidente constitucional de la República es plenamente legal. Lo asiste el derecho”. El conductor del noticiero asentía, con su acostumbrada mirada en blanco. Esa mañana, el presidente de la República había anunciado que su gobierno no cumpliría con ninguna sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos porque afectaban la soberanía del país.
Aquel era el cuarto día consecutivo en que el doctor Truquini era invitado a un programa de ese canal de cable para que diera su opinión legal sobre asuntos de coyuntura. La primera vez había sido el lunes, donde declaró que el Poder Judicial se había excedido en sus funciones al excarcelar al caricaturista que dibujó al presidente con los pantalones abajo. “El despropósito judicial de amparar bajo el ropaje de la libertad de expresión una afrenta tan burda y escatológica constituye, a todas luces, una peligrosa permisividad institucional que erosiona el decoro de la majestad presidencial. Esperemos que la oficina de control interno del Poder Judicial evalúe el accionar de ese juzgado prevaricador”. El conductor del noticiero repitió en voz baja la palabra “prevaricador”, como si intentara descifrar su significado o memorizarla para poder guglearla después.
El martes, el doctor Truquini había polemizado en el noticiero con el abogado de una ONG de derechos humanos. El tema era el proyecto de ley presentado por el presidente de la República para implantar la pena de muerte para violadores. El abogado de la ONG sostenía que la propuesta no podía implementarse porque iba en contra de los tratados internacionales firmados por el Perú, y que solo permitían la pena de muerte para casos de traición a la patria. Truquini retrucó: “Invocar los tratados internacionales como camisa de fuerza frente al clamor popular es desconocer que el más alto pacto que nos rige es el pacto moral con la nación. ¿Acaso no constituye el acto deleznable de la violación una traición a la patria y sus valores fundacionales?”. En esa oportunidad, el conductor de televisión no estuvo presente por culpa de un resfriado, pero fue eficazmente reemplazado por un maniquí con su mismo corte de pelo.
El miércoles, el doctor Truquini comentó la decisión del presidente de deportar a tres congresistas de oposición. El conductor del noticiero parecía confundido, y le preguntó al doctor Truquini si el presidente —tal vez — no se había excedido en sus funciones. Truquini se exasperó: “¡Es una facultad presidencial! La Constitución, interpretada en su espíritu más profundo y no en la literalidad caprichosa de los leguleyos, no solo permite, sino que exige medidas excepcionales cuando el tejido institucional se ve amenazado por elementos disgregadores del orden moral. El presidente, en tanto personificación viva de la nación, está no solo facultado sino obligado a tutelar el normal funcionamiento de sus instituciones frente a toda perturbación sectaria. Harían bien los tinterillos de izquierda que han salido a criticar la decisión en revisar nuestra Constitución histórica”.
La especialidad del doctor Truquini era el derecho corporativo, pero a raíz de sus análisis jurídicos en la televisión los noticieros empezaron a llamarlo constitucionalista. Y ahora que había empezado a llenársele la cabeza de canas, varios se referían a él como jurista. Esto lo llevó a empezar a usar pañuelos en el bolsillo en el terno, que se aseguraba de combinar siempre con el color de su corbata.
Los productores de televisión lo amaban porque aceptaba siempre las invitaciones, sin importar el día, la hora o el tema a tratar. Y, además, llegaba al canal quince minutos antes de la hora pactada, a diferencia de otros invitados que llegaban tarde y ponían en aprietos a los conductores, que debían alargar los lugares comunes que empleaban para comentar las noticias. Al doctor Truquini le gustaba hacer las cosas con tiempo, en especial pasar por la sala de maquillaje del canal. Ya la maquilladora conocía bien los gustos del doctor y se aseguraba siempre de ponerle una capa extra de base en el rostro.
En el estudio de abogados del doctor Truquini, los practicantes preferían que entrevistaran a su jefe en el noticiero de las siete de la noche y no en el de las diez. Tenían prohibido irse a sus casas hasta que terminara la entrevista, pues debían preparar varios artículos de opinión con base en su intervención. El doctor Truquini era el columnista favorito de dos diarios y una web de noticias que apoyaban al régimen.
Originalmente eran cuatro abogados y tres practicantes en el Estudio Truquini & Asociados, pero fue necesario contratar a más personal para poder cumplir con todos los encargos profesionales que no paraban de llegar. La cartera de clientes había crecido mucho en los últimos meses, gracias a los ministerios y organismos reguladores que le pedían informes sobre dudas que no dejaban de surgir sobre uno y otro artículo de sus leyes orgánicas.
El viernes, el doctor Truquini no aceptó ninguna entrevista. Era el Día del Abogado y el Ministerio de Justicia había preparado un evento para “reconocer y celebrar a los hombres de derecho que trabajan infatigables por la justicia social en nuestro país”. El doctor Truquini era uno de los homenajeados.
La invitación era a las siete de la noche, pero, fiel a su costumbre, el doctor Truquini llegó a las seis y cuarenta y cinco. Fue recibido por el viceministro de Justicia, quien le pidió disculpas pues “por motivos de agenda” la ceremonia empezaría recién a las siete y media. El ministro se encontraba en un evento oficial con el presidente, pero había dado instrucciones para que el doctor Truquini lo pudiese esperar en su despacho.
Camino al despacho, el viceministro hizo las veces de guía, mostrándole al doctor Truquini las instalaciones. No se trataba de un edificio antiguo ni particularmente llamativo, por lo que el tour no duró mucho tiempo. Sí estuvieron buen rato en el salón con la galería de retratos de los exministros, donde el doctor Truquini se entretuvo buscando a un par de antepasados.
Una vez sentados en el despacho ministerial, el viceministro empezó a contarle los principales logros de la gestión: la eficaz lucha contra el crimen había aumentado la población carcelaria, la versión preliminar de la propuesta de anteproyecto de reforma del Código Civil avanzaba a buen ritmo, y se estaba firmando un convenio de cooperación interinstitucional con el Ministerio de Justicia de El Salvador.
El doctor Truquini asentía a todo lo que decía el viceministro, acompañando su monólogo con expresiones como “mire, qué bien”, “ajá” y “qué bueno”. Pero no lo miraba a la cara. Estaba distraído, escudriñando cada rincón, tratando de averiguar si el despacho tenía aire acondicionado y baño propio.
(*) El personaje del doctor Truquini fue creado por Rosa María Palacios, quien amablemente me lo ha prestado para este relato de ficción.
¡Suscríbete a Jugo haciendo click en el botón de abajo!
Contamos contigo para no desenchufar la licuadora.