Paralelismos entre un hijo que envejece y una madre que se fue joven
Se acerca la mitad del año y con ella también el 23 de julio, cumpleaños de mi madre, que este 2025 habría cumplido sesenta y tres si su trayectoria vital no hubiese acabado hace más de dos décadas, un 19 de mayo de 2002, a los treinta y nueve. Yo era en ese tiempo un adolescente y, por supuesto, la miraba como a una mujer grande, casi una señora. En tanto, ella —siguiendo la tradición de las mujeres de mi familia materna— procuraba no revelar su verdadera edad: escondía su DNI, confundía fechas, desviaba el tema de conversación. Jamás salió derrotada de esa batalla, ni siquiera conmigo, que con bastante candidez alucinaba ser, además de su hijo, su mayor cómplice: mi madre me había convencido de que mi padre, cuya fecha de nacimiento yo conocía perfectamente, era diez años mayor que ella, así que fue solo cuando enfrenté las fechas de su lápida e hice la resta que, con una risa inesperada, me dije: «¡tenía casi cuarenta!», pensando también algo que nunca me habría atrevido a decirle a la cara: ¡qué vieja!
Desde hace algún tiempo, reparo con frecuencia en que mis años se van acercando a los que ella tenía cuando murió. Y aunque todavía me queda un rato antes de atravesar ese horizonte a partir del cual comenzaré a envejecer más que ella, ya cuento con los años que tenía cuando enfermó: treinta y cinco. La edad sobre la que congelé a mi madre como esa mujer grande, con dos niños, casada con mi padre, que, a pesar de su enfermedad, los tratamientos y los viajes que hizo para intentar salvarse, manejaba nuestro hogar con esa solvencia que uno debe lucir durante la adultez, aquella que a mí aún me parece lejana. Y es que, si bien cargo con los mismos años, vivo convencido de que sigo siendo un chico: quejumbroso, dependiente, inmaduro, a punto de incendiar la casa con mis descuidos.
Siento vibrar la ironía durante la cena en que mi hermanastra, que acaba de cumplir veintitrés, juega a adivinar mi edad y se sorprende cuando le recuerdo que tengo treinta y cinco, solo para enseguida llamarme «viejo». Imagino que algo parecido debió sentir mi madre cuando el mundo intentaba forzarla a admitir los años que tenía. Aunque sin duda no eran tantos —más bien, pocos—, sospecho lo irreales que debían parecerle. Me hubiese sido imposible en ese entonces comprender por qué le parecía intolerable confesar su fecha de nacimiento o entregar su documento de identidad, pero a medida que la voy alcanzando se vuelve evidente.
Llevo ya buen rato juntando sus cartas, agendas, diarios, fotografías y videos, y cada vez más encuentro en ellos el sello de la juventud. No solamente en esos gestos tersos que nunca celebraron ni siquiera los cuarenta o en el estilo siempre en tendencia con el que guio la constante renovación de su guardarropa, sino más en las palabras que en ese último tramo de vida avanzaron en paralelo al fin de su cuerpo. Ideas que de tiempo en tiempo releo para recordar que, a pesar de ser mi madre, ella también se sentía sobre todo como una chica.
En sus cartas escritas desde Alemania, hay extensas y muy tiernas secciones reservadas para una lectura absolutamente privada de mis abuelos, sus padres, en las que escribe casi como una adolescente, contando con ilusión todo lo nuevo que ha visto en Europa, renegando de las situaciones que la empinchan, e incluso celebrando sustanciales descubrimientos que no sabe entender por qué la encontraron tan tarde. Dice, por ejemplo, que finalmente disfruta de la lectura y que ahora ya puede entender el placer que en ella encontraba mi padre, su esposo; que se ríe recordando cómo antes se volvía loca de impaciencia cuando él no hacía otra cosa que avanzar con un libro. Un dato que me asombra, pues en mis recuerdos fue ella, siempre, la que intentó empujarme los clásicos a la hora de ir a dormir.
Las cartas también reservan espacios para hablar de los avances y retrocesos de sus tratamientos, y en ellos la siento derrumbarse para luego hacerse la fuerte con una ambivalencia un tanto descontrolada. Es como si, precisamente, al hablar de su enfermedad, la versión adulta intentara poner en vereda a la niña que todavía habita dentro de ella: una muchacha desolada que no consigue contener la rabia y el cansancio, esa injusticia que no llega a comprender y que apenas puede parchar con oraciones religiosas que deja al final de la página.
Siguiendo las entradas de su agenda en los meses finales de 2002 —ya en Lima, entregada al presunto misterio de lo que pasaría con su metástasis si simplemente la dejaba avanzar—, percibo que el enfrentamiento entre esas dos versiones de sí misma nunca llegó a resolverse. Era jefa de su casa por un lado, pero de igual modo una madre joven que no mucho antes había celebrado recién sus bodas de aluminio. Dejaría a un hijo de cinco y a otro de doce, ambos con una mezcla de recuerdos profundamente poderosos pero también bastante incipientes. Quizás por eso, a pesar de no querer entenderse como una mujer que ya había pasado de los treinta y cinco, por ratos tomaba consciencia sobre la irrefrenable adultez de la que tenía que hacerse cargo. Cada cumpleaños no solo la convertía a ella en una persona mayor, sino también a nosotros nos volvía niños más conscientes, sujetos más capaces de recordarla. Una oportunidad.
Avanzo hacia la edad que ella tenía cuando murió y recién ahora mis planes de vida comienzan a alinearse con los que ella tuvo a los veintiséis, cuando se embarazó de mí. Contrasto sus fotos de aquella época con las mías hoy, y aunque la reconozco como mi madre, también encuentro allí a una chiquilla casi diez años menor que yo. Además de pensar en la diferencias generacionales, me detengo en las implicancias que trajo su deseo tan joven de procrear: si se hubiese demorado, nuestra coincidencia como dos seres de este planeta habría sido aun más breve. A la vez, intuyo que fue justamente el hecho de tenerme lo que aceleró su incursión en ese campo abrumador que acostumbramos llamar adultez, el mismo que yo —a punta de fiestas, videojuegos, minoxidil, imprudencias y una pobre proyección financiera— continúo aplazando.
Pero las fechas y las fotos son inmunes a mi mentira. Tengo treinta y cinco, la edad que tenía mi madre cuando comenzó a morir. Con hijos o sin hijos, soy tan viejo como lo era ella. Y, también, igual de nuevo en este mundo.
¡Suscríbete a Jugo haciendo click en el botón de abajo!
Contamos contigo para no desenchufar la licuadora.
Me ha tocado profundamente tu relato como era de esperar.
Comparar hechos, situaciones y sentimientos es una virtud que la has desarrollado con muy buen acierto.
Todo lo entendí desde el comienzo y me hizo vivir muchos momentos dolorosos y creo también, muchos felices contigo y tu mamá.
¡Gracias, Mosito! Abrazo fuerte.