Los saberes ancestrales que nos transmiten las vasijas silbadoras
Si debiéramos enumerar los instrumentos musicales emblemáticos del mundo andino —o “andinizados”—seguramente pensaríamos primero en la quena, la zampoña (o siku), el charango o, quizás, en el arpa mestiza andina. Pero hay un instrumento que rara vez figura en ese imaginario sonoro: la vasija o botella silbadora.
Tuve la fortuna de saber de ellas hace unos años en Cusco, cuando conocí a un artista que recreaba cerámicas precolombinas con formas animales y cavidades para agua. Al manipularlas, emergía un sonido evocador: el canto de un ave, el gruñido de un felino, el sonido de un mono. La fascinación fue doble, no solo por la estética y la ingeniería, sino por la idea misma de hacer “cantar al agua” a través de la cerámica. El sonido no se producía soplando directamente, sino gracias a un sutil impulso hidráulico: el desplazamiento del agua empujaba el aire y activaba un silbato oculto. El mecanismo, invisible desde fuera, parecía una alquimia sonora heredada de otro mundo.
Aunque la cultura inca suele ser la más citada en Perú, estas vasijas han sido halladas también en contextos Moche, Nasca y Chorrera (Ecuador) e incluso, aunque en menor número y con ciertas variantes, en culturas de Mesoamérica como la zapoteca y la maya. La mayoría de los hallazgos en Sudamérica, según estudios recientes, muestran una impresionante sofisticación en la mecánica y la iconografía, donde fueron siempre objetos escasos asociados a las élites locales.
Inicialmente intuí la dimensión ritual de estos objetos en Cusco. Sonaban animales y también sonaba el agua: una conjunción fundamental en la cosmovisión andina y amazónica, donde los elementos naturales están imbuidos de agencia y significado. El etnomusicólogo Gonzalo Sánchez Santiago ha destacado en sus investigaciones que en Mesoamérica, y también en los Andes, muchas vasijas silbadoras aparecen como parte de ajuares funerarios o en contextos propiamente sagrados. Cada animal representado en la vasija —el jaguar, el mono, el ave— encierra un repertorio de simbolismos: el jaguar, poder y fertilidad; el ave, la lluvia y el viento; el mono, las artes o la sexualidad. Así, el sonido no solo evoca el entorno: reinventa y canaliza el vínculo humano con la naturaleza.
Poner en primer plano el rol del agua es crucial. Como advierte el historiador y andinista Tom Cummins en un conocido ensayo sobre la “cinética inca”, corremos el riesgo de ver lo precolombino como petrificado, inmutable o incluso muerto en el tiempo. Pero en realidades como éstas, el agua no es un simple añadido: es el principio creador, transportador de memoria, amplificador de lo invisible. Las vasijas silbadoras son microcosmos de esa lógica: contienen y hacen resonar el agua, traduciéndola en mensaje, en emoción, en puente entre el mundo sensible y el invisible. Son, como diría el escritor José María Arguedas, vasos de sangre viva que bullen y recuerdan a las piedras inca que no son estáticas, sino que fluyen en vida. Permítanme citar algunos fragmentos de las primeras líneas de su novela Los Ríos Profundos:
“Eran más grandes y extrañas de cuanto había imaginado las piedras del muro incaico; bullían bajo el segundo piso encalado, que por el lado de la calle angosta, era ciego […] “yawar mayu”, río de sangre; “yawar unu”, agua sangrienta; “puk’tik’ yawar k’ocha”, lago de sangre que hierve; “yawar wek’e”, lágrimas de sangre. Era estático el muro, pero hervía por todas sus líneas y la superficie era cambiante, como la de los ríos en el verano, que tienen una cima así, hacia el centro del caudal, que es la zona temible, la más poderosa. […] También llaman ‘yawar mayu’ al tiempo violento de las danzas guerreras, al momento en que los bailarines luchan”.
Arguedas intuía —y las vasijas silbadoras lo materializan— que el agua en la tradición quechua es portadora de vida, pero también de memoria, de vibración, de poder. Para nuestros días, en los que la crisis hídrica y el olvido de los sonidos naturales avanzan juntos, escuchar el agua —no solo verla pasar, sino atender a sus voces potenciadas por la cerámica ancestral—permiten pensar en su uso no sólo como recurso, sino como portadora de conocimiento, al reconstruir paisajes sonoros mediante el tiempo.
Así, las vasijas silbadoras no remiten únicamente a un pasado remoto o a una tecnología olvidada. Como me decía recientemente el musicólogo ecuatoriano Felipe Ledesma Núñez, quien defendió este año una fascinante tesis doctoral sobre el tema, estas vasijas nos interpelan aquí y ahora: ¿sabemos aún escuchar el agua? ¿Reconocemos sus cantos, sus advertencias, su propuesta de vida compartida? Tal vez el desafío contemporáneo comienza, simplemente, por aprender a oír de nuevo, con la admiración de quien, al girar una vasija, oye brotar el eco de los ríos profundos de ayer y hoy.
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