Sostenibles, seámoslo siempre


Una nueva manera de relacionarnos con el mundo no es una moda: es una urgencia


Susan Wagner estudió Letras y cursos de Geografía y Literatura en la PUCP. Su trabajo de diseño comenzó con la búsqueda de revalorización de técnicas de bordados y tejidos peruanos tradicionales, creando en 2005 su marca homónima de indumentaria y accesorios. Ha participado en numerosas ferias, exhibiciones y desfiles como el Ethical Fashion Show y Prêt à Porter en Paris, D&A en Nueva York y Caravana Americana en México DF, y Galería del Paseo en Punta del Este. En 2018 creó la primera feria de diseño sostenible Naturaleza Creativa, donde congrega a más de 250 marcas, diseñadores, artistas y artesanos con proyectos sostenibles.


Hace ya buen tiempo escuchamos hablar con entusiasmo del concepto de sostenibilidad. Las industrias y las empresas, los negocios inmensos y artesanales, los proyectos nuevos de todo tipo, e incluso los edificios y construcciones han adoptado la sostenibilidad como sello. Toda marca competitiva ha encontrado en ella un recurso, una bandera.

Sigámosle la huella —libre de carbono— y observemos el fenómeno. 

La sostenibilidad se entiende como la manera de producir utilizando los recursos necesarios y equilibradamente, pensando además en no comprometer aquellos recursos que necesitarán las próximas generaciones. Digamos que, si vas a cortar árboles, no deberías acabar con el bosque entero sino, más bien, cortar los que necesites y sembrar nuevos. 

Aun más: se trata de producir generando no solo crecimiento económico, sino también bienestar social y cuidado del medio ambiente (o conservación ambiental). La sostenibilidad se piensa —o debería pensarse— como un proyecto a largo plazo, que se alinea con el futuro y es sinónimo de un mejor porvenir.

Producir de forma responsable nos conduce idealmente, también, a consumir de manera más consciente, generando grupos y creando comunidad, cerrando filas con personas que suscriben la intención de vivir más despiertos y siendo más justos. 

En esta época, en la que vivimos mirándole la cara al ardiente cambio climático; con la industria corriendo a toda mecha al ritmo del crecimiento demográfico —exponencial en países en vías de desarrollo— no hay duda, para la mayoría de nosotros, de que los humanos hemos causado estragos. Barbaridades. Las Naciones Unidas alertaban ya en 1987, hace 35 años, la urgencia de un cambio de paradigma y una Agenda 2030 con sus Objetivos de Desarrollo Sostenible para la protección del planeta y el bienestar de sus voraces habitantes.

El desarrollo sostenible será el salvavidas para la conservación de los recursos y, sobre todo, para nuestra supervivencia.

En este nuevo horizonte se vuelve a dar importancia a la naturaleza como fuente indiscutible del bienestar humano. Se busca utilizar sus recursos de maneras más eficientes e, incluso, de restaurar los ecosistemas dañados. La perfecta madre y sus ciclos nos piden planeamiento y proyección, anticipar un mañana.

Volvemos la vista también hacia las personas, procurando que sus trabajos y actividades productivas mejoren la calidad de vida de todos, y no solo la de unos cuantos. También se busca que los individuos, desde sus lugares de origen y de trabajo, consigan autosuficiencia regional, descentralizando también sus experiencias. La sostenibilidad también significa mirar al otro, tomarlo en cuenta y buscar su bienestar, que está trenzado con el tuyo y con el de toda la red. Nace la empatía, y ya no importa qué tan diferentes seamos gracias a ella. No eres solamente tú quien importa, ni el único que debe ganar en el bingo de la vida. 

El desarrollo sostenible da importancia y pone en valor la cultura y el trabajo que lleva consigo un bagaje cultural. Las técnicas manuales artesanales, los conocimientos ancestrales y los patrones culturales que generan obras y productos y que son el sustento de sus autores, son valorados especialmente. En este otro sentido la sostenibilidad revaloriza el tiempo que les toma a las personas la creación y hechura de sus objetos, la temporalidad de las cosas y la herencia de sus saberes a lo largo de las generaciones.

El desarrollo sostenible, finalmente, nos enseña la lección de la reutilización y el reciclaje de las cosas. Un ejemplo claro es la moda sostenible y el Slow Fashion —en obvia oposición al Fast Fashion—, y el hiperconsumo generado por la segunda industria más contaminante del planeta: la textil. Lo vintage tiene gracia, valor y mérito, además de sofisticación. Y en el retail más duro, el precio de las prendas más baratas es pagado por el explotado trabajador textil. Comenzamos a ver cada vez más consumidores buscando información acerca de las condiciones en las que se elaboran las prendas que compran, la transparencia de la cadena productiva, su trazabilidad. Sobre todo, después de conocer tragedias humanas en fábricas de países con dudosas o nulas leyes laborales, con trabajos de semiesclavitud en lugares como trampas mortales para humanos por sus condiciones deplorables.

Así las cosas, claramente la sostenibilidad es clave para una mejor sociedad y un medio ambiente saludable. Solo necesita de acciones en conjunto de las personas y un compromiso de los líderes y gobernantes.

La perspectiva de un país encaminado al desarrollo sostenible es esperanzadora. Ahora bien, en nuestro país ¿tenemos una mirada hacia el futuro? ¿Podemos construir proyectos a mediano y largo plazo? Eso en términos del porvenir. Igualmente podríamos preguntarnos si somos capaces de buscar el bienestar del otro y ser empáticos con los demás a pesar de las diferencias. 

Y por último si valoramos suficiente y genuinamente nuestras manifestaciones y obras culturales, con sus tiempos y temporalidades. ¿Cuánto apreciamos y cómo ponemos en valor nuestro patrimonio, que va más allá de los tiempos de producción?

En un país que se enorgullece de ser tierra de emprendedores, donde la creatividad del peruano es un eslogan casi manido, resulta interesante y revelador preguntarnos qué sigue después del emprendimiento, cuál es el paso posterior tras la ocurrencia creativa, cómo conseguir que nuestras ideas se conviertan en trabajos que nos den felicidad, generen un bienestar común y un futuro para los que vengan después.

Probablemente la sostenibilidad es la larga pista de aterrizaje, el mejor camino a seguir para que aquellos proyectos y emprendimientos no queden en disparos al aire, en chispazos efímeros, en fuegos artificiales. Y mientras tanto, que sigamos con la tarea de nuestra supervivencia en el planeta azul. La pregunta ya no es cómo, sino cuándo.

2 comentarios

  1. Carlos Javier Poémape Rivera

    Buena reflexión !!!

  2. Cynthia Rodríguez Lengua

    Súper inspirador, nos lleva a la reflexión

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