Perder la memoria


A 20 años del informe final de la CVR: relegar la muerte ajena es insultar la vida de todos


El domingo pasado se publicó la más reciente encuesta del IEP en la que, además de revelarse una vez más y para sorpresa de nadie que los poderes del Estado están en extremo desacreditados, se incluyeron unas cuentas preguntas relacionadas a la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Esto porque acaban de cumplirse veinte años de la entrega de su informe final, y se buscaba saber cómo y cuánto ha calado el trabajo de una organización tan importante entre la población nacional. Los resultados son muy desalentadores.

En resumen, cuatro de cada diez peruanos no conoce o ha escuchado hablar de la CVR (puntualmente, el 38%). Estos que sí la conocen “viven principalmente en zonas urbanas, en Lima metropolitana y en el sur del país, tienen de 40 años a más, pertenecen a los NSE más altos y están muy interesados en política”. Asimismo, cuatro de cada diez (42%) de estos cuatro de cada diez “indica que su labor fue negativa, un 26% que fue positiva y un 23% que no fue ni positiva ni negativa”. 

Que en apenas dos décadas la mayoría de compatriotas no tenga idea de lo que fue la CVR ―ni qué decir que haya leído el estremecedor informe final, o al menos las conclusiones que hacen las veces de resumen― es tan triste como pernicioso. Por un lado, demuestra el desdén amnésico respecto a los doce años que, en tiempos no lejanos, desangraron el país en medio de una guerra entre connacionales: murieron, casi siempre en situaciones de grandísima violencia, unas setenta mil personas, más de uno y medio estadios nacionales atiborrados. Que quienes están mejor informados sean urbanitas de mediana edad y presumiblemente mejor instruidos piensen, en su mayoría, que el esfuerzo de la comisión fue negativa resulta aterrador porque dejaría en limpio que las élites desprecian la memoria histórica, que es lo mismo que negar la posibilidad de una reconciliación nacional, que redunda en perpetuar las brechas salvajes que nos dividen. 

Asimismo, significa que los niños y jóvenes están cada día más desconectados de la historia reciente, supongo que en una mezcla de desinterés de sus padres y maestros, mal trabajo educativo y, lo más me choca y temo, esa especie de pacto de olvido ‘para salir adelante’ que se planteó, incluso expresamente, desde la década del noventa, al ritmo del crecimiento económico (que no llegó a todos, y que poco le sirvió a las víctimas del covid que murieron tras colapsar el precario sistema sanitario. Con seguridad, y siguiendo la misma voluntad de omisión, estas y las circunstancias en que perecieron también serán olvidadas en unos años).

Cuando las cosas no se recuerdan, o se recuerdan mal, se abren espacios para la manipulación: solo ello explicaría la publicación de la ya famosa Constitución política del Perú para escolares, producida por el Fondo Editorial del Congreso, y donde se pueden leer cosas como que “el presidente Alberto Fujimori dejó sin efecto la Constitución de 1979 un 5 de abril a fin de devolvernos la paz y la reconstrucción de la economía del país. Esta medida permitió que el país superara aquellos problemas que amenazaban a todos los peruanos y se retomara la tranquilidad en el territorio nacional”. No nos engañemos, por favor: los únicos que pueden sacar ventaja de esto son los extremistas y los fujimoristas, con el cuento del líder que resolvió el problema de manera impecable. Y ya está, ya fue, vamos a todos a comer rico. Así llegamos hasta el momento actual, cuando otra consecuencia del olvido tolerado tiene que ver con el accionar de las fuerzas armadas y policiales durante el estallido social de diciembre y enero pasados. De una parte, y salvo excepciones, hay una población muy permisiva ante los abusos y los crímenes de Estado (sobre todo cuando, como ocurría en los ochenta y principios de los noventa, eso pasaba lejos, a otros); y, de la otra, un Estado ―aliado del fujimorismo y de los adoradores de Nayib Bukele― que cree que puede asesinar ciudadanos impunemente. 

*

Recordar no es perdonar, no necesariamente. Pero es el camino para sanar las heridas y poder vivir en paz. Y hacer justicia, que no es lo mismo que venganza. Acabo de terminar de leer V13, el más reciente libro del gran escritor francés Emmanuel Carrère. Me gustó mucho. Una vez más se ciñe a la no ficción y parte de su propia mirada, pero se trata de un libro menos autorreferencial y literario ―en el sentido más convencional y aludiendo al conjunto, no al estilo―, por ejemplo, que Limónov o De vidas ajenas o El adversario, aunque sí tiene más vínculos con este. V13 es la abreviatura de vendredi 13, en alusión al viernes 13 de noviembre de 2015, cuando un grupo de yihadistas desgració la noche de París en tres locaciones distintas, siendo la sala Bataclan el peor de estos escenarios. El resultado final fue de 130 muertos y más de 400 heridos, además de una cantidad imprecisa de víctimas dañadas psicológicamente. De setiembre de 2021 a junio de 2022 se llevó a cabo el juicio de los responsables que sobrevivieron al ataque, y durante esos nueve meses Carrère asistió diariamente al proceso para reportarlo a través de las páginas de L’Obs y algunos medios más. De esa experiencia y esas entregas semanales surge el volumen.

V13 es muy estremecedor, perturbador en partes, tristísimo hasta las lágrimas en otras. Con el correr de las páginas vemos comparecer a los deudos, a los que salvaron la vida, a los 14 cómplices (casi todos los terroristas fueron abatidos o volaron por los aires tras activar sus cinturones-bomba), a los héroes y canallas de la noche, a los jueces, abogados y periodistas, todos participando de un extensísimo rito de esclarecimiento, respeto y justicia. Y memoria. No me cabe espacio para entrar en los detalles del libro ―que recomiendo, por supuesto―; solo diré que deja constancia de que humanidad sin empatía no es tal, que refundir el dolor nunca nos conducirá a la sanación, que los derechos y las obligaciones son iguales y universales, que merecemos la misma dignidad, que despreciar la muerte ajena es insultar la vida de todos. Que civilización es el único antónimo de barbarie.


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1 comentario

  1. Claudia

    Qué podemos esperar de la civilización si uno mismo no aplica empatía con quien tiene cerca, no reconoce el dolor que causa en quienes lo han querido, no pide perdón a quienes lo necesitan para seguir con dignidad. La barbarie la está construyendo cada uno, cada día. La sanación empieza asumiendo responsabilidad uno mismo.

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