Lima, 31 de diciembre del 2020

Queridos míos:

           Me he levantado temprano el último día del 2020 para escribirles esta carta breve y apurada. Tendría que ser una columna y la entregaré como tal, pero la verdad es que les estoy escribiendo a ustedes. 

           Los he pensado varias veces durante los últimos meses. Suele suceder cuando pasan cosas terribles, que me entra la angustia, no tanto por mí, sino por mis hijos, primero, y ahora también por ustedes. Recuerdo esto, por ejemplo: hace mucho, cuando ocurrió lo de las Torres Gemelas, me vino un desasosiego tremendo porque temí que sobreviniera la guerra que finalmente acabara con el planeta. Y V tenía apenas cinco meses: ¿a qué clase mundo lo habíamos traído, a qué existencia de dolor nuclear? Pero no, al menos nuestro mundo no terminó entonces. Hoy V ya es un adulto, M tiene 15, y si me están leyendo es porque ellos, mis hijos, decidieron convertirse en sus padres; y la Tierra, mal que bien, siguió girando, ojalá más calmada y armónicamente.

           Les escribo porque quisiera contarles un par de cosas de este año que sí se termina en unas horas. Sospecho que, así como mi generación tuvo que bancarse el rollo del gobierno militar; y la de sus padres nuestros cuentos de la época del terrorismo; a ustedes les tocarán, seguramente, las historias de este año de la peste. Bueno, es parte del precio que se paga por venir a la vida: soportar las monsergas de los viejos que, por un lado, se ponen nostálgicos, y por el otro se empeñan en desbaratar aquello de que todo tiempo pasado fue mejor.

           No me voy a distraer suponiendo si en el 2050 leerán libros con palabras o algoritmos o si sus cerebros vendrán con chips o alguna de esas vainas, que soy malo para la ciencia ficción. Pero si la Historia se sigue estudiando estarán bien informados de lo sucedido, así que tampoco ahondaré ni en la crisis medioambiental que provocó este desmadre, ni en las elecciones en los Estados Unidos (con suerte, dentro de 25 años Trump no será ni el polvo de ladrillo que dejan las zapatillas tras un partido de tenis); ni en los miles de muertos que dejó el COVID en nuestro país (¿será también el suyo?), la sorpresa anunciada de la falsa prosperidad, la informalidad, la pobre institucionalidad; ni la manga de imbéciles egoístas que son la mayoría de nuestros políticos, y que fueron felices encarnando los palos que llegaron tras los cuernos. Fue un año de muerte, de dolor, el peor para miles de familias, y eso es algo que no se debe olvidar. Ni ello, ni las negligencias, ni sus responsables.

           Pero también sucedieron otras cosas. También se abrió paso la vida, también creció la resiliencia como los algarrobos en medio de lo agreste; y surgió la solidaridad en los corazones más apáticos, la compasión, la empatía con el que la pasó mal, el que tenía el padre moribundo, la que perdió la chamba, el que se vio arruinado por esta crisis de mierda que ha dejado de serlo para trocarse idiosincrasia. Colectas discretas, ollas comunes y compartir las artesanías que vende la secretaria despedida. Médicos, policías, enfermeras, bomberos, gente que cumplió su trabajo con valor y honor, personas buenas y sin aspavientos que ayudaron a cambio de nada, salvo el gusto de tener la mirada clara. Jóvenes como ustedes salieron a las calles con coraje y dignidad a defender el orden constitucional, haciendo renacer en todos una esperanza que veíamos como a través de un vidrio pavonado. Lo cierto es que, dejando un rato de lado la rabia y la pena, también fue un año para sentir mucha gratitud. Muchísima. Por la suerte recibida y los milagros mencionados. Nunca había extrañado tanto creer en Dios para rezarle y agradecerle.

            Quiero pensar que no caeremos nuevamente en el error de olvidar el pasado, de barrerlo bajo la alfombra para suponer que nunca se dio tamaña mortandad y dolor y maldad; pero lo que más deseo es que el 2020 se convierta en un parteaguas, una grandísima inflexión, el hito al que hay que volver la vista para orientarnos cada vez que nos comencemos a descarrilar. Que pase a ser el año cero de una nueva era, que hoy sea de verdad el primer día del resto de nuestras vidas, y que sus frutos más ricos se los coman sus padres, primero, y luego ustedes mismos. 

           Que no existan aún no significa que no los quiera ya. Claro que los quiero, expresando así el amor y el deseo de que nazcan algún día, cuando toque, y V y M estén preparados para recibirlos. Justo hace un par de días se aprobó en Argentina el derecho de las mujeres a decidir sobre cuándo quedar embarazadas y cuándo no; ojalá para ustedes eso sea una noticia vieja en el Perú. Pero al mismo tiempo morían tres ciudadanos, entre ellos un chico de 16 años, por una represión policial brutal en medio de unas protestas cuya razón de ser nos hace pensar que seguimos viviendo en el siglo XIX. Así de contradictorias están las cosas. Ojalá sus padres terminen de construir una casa más justa para cobijarlos. 

           Por último, espero que no tengan que leer esto en unos 25 años, sino que pueda estar ahí para contarles yo mismo el cuento. Solo por si acaso, entre mis propósitos del nuevo año están dejar de fumar (ahora sí de verdad) y hacer una rutina más saludable, pero quién sabe. La vida es una luz que se puede apagar en cualquier instante. Eso es parte de la gracia. Por eso les pido que abracen mucho, amen mucho, expriman cada día. 

           Ojalá que me perdonen tanta cursilería, pero la fecha me pone las emociones crocantes. Lo importante, en todo caso, es esto: entréguense, nunca teman.

           Con amor, el que será su abuelo,

T  

7 comentarios

  1. Carlos Osorio

    Buen jugo para iniciar el año. En lo que respecta a la «represión» brutal en el norte, lamentablemente no se cuenta la historia completa, obviando la violencia excesiva de los manifestantes contra los policías y el derecho de libre tránsito. La PNP está cuasi podrida, pero se necesita contar la historia completa.
    Saludos!

    • Rita Urbina

      Gracias! Gracias! Gracias!
      Buenísima reflexión.
      Y esto me encantó
      (Que pase a ser el año cero de una nueva era, que hoy sea de verdad el primer día del resto de nuestras vidas, ..)

  2. Margarita Ramírez Mazzetti

    Gracias Dante, ¡feliz año!, saludos especiales a todo Jugo de Caigua, energizante diario.

  3. Mary.loguercio@loguercioasociados.pe

    Gracias Dante y créeme no lo sentí como cursilería sino con una lectura con sentimientos encontrados y donde has expuesto hasta tu mayor cercanía a Dios y a que finalmente nos abracemos con amor que es el mejor curativo de que siento qué hay…
    Feliz Año para ti y para Jugo de Caigua

  4. Pular

    Buen jugo para iniciar de 0
    Valen los propósitos, los que sean, aún si cuesta cumplirlos o no se cumplen nunca… feliz año!

  5. Ada Alvarado

    Muchas gracias Dante, importantes reflexiones para iniciar proyectos, sobre la base de lo aprendido, vivido y lo no vivido, esperando que la unidad entre los que queremos un mundo más justo sea más cercano que lejano¡¡¡

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