Las manos invisibles que sostienen la república


Una segunda oda a las peruanas que sostienen nuestro desarrollo


Hoy es 28 de Julio, ¡felices fiestas patrias!

El día de hoy leerán diversos análisis sobre el mensaje presidencial y mañana seguiremos leyendo sobre el asunto. Muchos analistas políticos prestamos nuestras voces en estas fechas y, para bien o para mal, buscamos ofrecer una perspectiva a la audiencia con base en las preguntas que recibimos y los temas que consideramos de importancia.

Sin embargo, este artículo también recurrirá a un tema de importancia, pero sobre el cual no solemos preguntarnos cuando se analizan los avances del gobierno o nuestro devenir como nación. Hoy pensamos en nuestros presidentes, en los próceres y en aquellos a quienes llamamos “padres y madres de la patria”, pero omitimos pensar en quienes les llevaron a su sitial o en quienes permiten que todas estas personas sigan haciendo su trabajo.

La autora Katrine Marcal se hacia la misma pregunta en su libro ¿Quién le hacia la cena a Adam Smith? El padre de la economía, como le conoce el mundo, formuló muchas de las teorías que utilizamos hoy para medir el trabajo productivo y cómo este se relaciona con el PBI y las cuentas nacionales. Es decir, lo que cuenta como “trabajo”. Ni Smith, ni nosotros hoy, sin embargo, prestamos atención al trabajo que sostiene y permite ese trabajo “productivo”: el trabajo doméstico o reproductivo. Más aún, a ese tipo de trabajo que normalmente, llamamos amor.

En el Perú, las mujeres peruanas le dedican 39 horas con 28 minutos semanales al trabajo doméstico no remunerado, —además de su trabajo remunerado, si lo tienen— mientras que los varones le dedican solo 15 horas y 54 minutos semanales al mismo tipo de trabajo. El trabajo doméstico no remunerado incluye labores de cuidado y gestión del hogar, lo relacionado a la alimentación y educación de la familia, actividades relacionadas a la salud de sus miembros, y labor emocional, entre otros: aquellas labores que el sujeto proveedor no hace, pero de las que depende para llevar a cabo su labor de producción. En estricto, todo lo que permite que el “homus economicus” pueda salir bañado, vestido y bien comido a hacer el trabajo productivo; reflexiones que tienen un espacio importante en el libro de Josefina Miró Quesada y Hugo Ñopo, Ser Mujer en el Perú.

Mientras parte de nuestra sociedad insiste en que nos acercamos a la igualdad o que las mujeres ya estamos en puestos importantes de poder, por lo cual esta conversación debería estar superada, esta brecha en el uso del tiempo es un dato real y con consecuencias concretas. Los sujetos sobre los que recae la expectativa de hacer una segunda jornada laboral no remunerada no solo ven afectado su tiempo de ocio, sino el de la búsqueda de más y mejores oportunidades laborales, económicas, profesionales, académicas y, consecuentemente, de autonomía personal y económica. Puede parecer inocuo, pero estos roles —que sostenemos desde tiempos arcaicos— afectan no solo a las mujeres peruanas hoy, sino a las niñas en el país

La historia y la academia mundial conoce y reconoce a Adam Smith. Creo que, mirando un poco más allá, podríamos identificar que sin su madre —quien le preparaba la comida, lavaba la ropa, limpiaba la casa, gestionaba su hogar, y se encargaba de todo el trabajo del hogar para que este pudiera sentarse a estudiar y escribir sus teorías sin mayor preocupación— quizá tendríamos un padre menos de la economía.

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