Insultos y aplausos a los conquistadores


¿Por qué nos cuesta tanto lidiar con el legado de la colonización?


La semana que pasó se conmemoró un aniversario más de la llegada de Cristóbal Colón a lo que ahora llamamos América, y el pasado septiembre se recordaron en México los 500 años de la toma española de Tenochtitlán. Este último evento ha llevado a un mayor debate en México sobre las consecuencias de la llegada de los españoles y ha levantado revuelo porque el gobierno mexicano ha decidido conmemorarlo junto al bicentenario de la independencia final de España. Mientras tanto en Lima, junto a la estatua de Colón, ese día se confrontaban un grupo con pancartas que lo llamaban genocida y otro con la Cruz de Borgoña que lo defendían. Al mismo tiempo, del otro lado del Atlántico se celebró la fiesta nacional de España, como se ha venido haciendo desde 1892, una fecha inalterable en épocas de guerra, la dictadura, la transición y la actualidad, como nos lo recuerda Marina Velasco en su artículo para el Huffington Post. Si bien el nombre ha variado del “Día de la Raza” al “Día de la Hispanidad”, y luego al ahora menos específico “Día Nacional de España”, poco es lo que se ha hecho para tener una mirada crítica sobre el evento.

Sin embargo, desde hace diez años se viene llevando a cabo en la capital española un evento alternativo con el nombre de “Nada de celebrar”, organizado por los colectivos de migrantes agrupados en Twitter como @Descolonicémonos12Octubre. Ellos buscan debatir el rol de la Conquista y se preguntan por qué debe ser vista como el gran evento de celebración de la nación española.

Se trata de una discusión abierta y que, como mencioné hace un par de semanas en mi columna, está cobrando cada vez mayor agresividad por la forma en que los políticos de la derecha en España y varios países latinoamericanos, entre ellos el Perú, reivindican la Conquista como una gran empresa de civilización. Su principal argumento es que antes de la llegada de los conquistadores a América, quienes vivían en el continente eran salvajes, se dedicaban a los sacrificios humanos y vivían en tiranía.

Sin ánimo de defender las prácticas de los pueblos originarios, que pueden ser discutibles, estar en desacuerdo con ellas no nos puede llevar a argumentar que la forma que tuvieron los españoles de imponer su manera de ver el mundo fuera la más apacible, equitativa o democrática. Para evangelizar, impusieron su lengua ­–y otras que consideraron útiles– sobre el nahualt, el maya, el quechua, el aymara y el tupí. Lo hicieron de manera vertical y violenta mientras explotaban a los habitantes de este continente, a quienes definieron como “menores de edad”, sin los mismos derechos, sin mencionar que además trajeron de África a seres humanos que esclavizaron y trataron como mercancías. 

Los horrores de la Conquista no son ningún invento, aunque también es cierto que sus ejecutores operaban desde una manera de ver el mundo muy distinta a la nuestra, un tiempo en que las personas no eran consideradas iguales y donde todo tendía a explicarse por medio del designio divino: el mundo era desigual porque así lo había creado Dios, algo que no se podía refutar. El debate sobre la Conquista y lo que significó es muy necesario, sobre todo, porque muchas de las prácticas desiguales que se impusieron con el colonialismo, como la esclavitud y la diferencia social, no desaparecieron con la Independencia.

Esta semana, en el programa “Sálvese Quien Pueda”, el historiador José Ragas habló sobre este y muchos de los otros problemas sobre la Conquista que todavía nos quedan por discutir como sociedad y nos recordó que los debates sobre Colón como figura histórica se han multiplicado en todo el continente americano, incluso en Estados Unidos, donde su estatua en Baltimore terminó en el agua. En México, por ejemplo, se ha decidido cambiar la estatua de Colón por la de una mujer indígena y muchos se han indignado. En el Perú la conversación recién comienza e intuyo que será intensa. Las líneas ya están trazadas entre quienes lo ven como un genocida que no debe ser celebrado y quienes lo consideran un héroe, un padre fundador.

A mí, como historiadora, lo que me parece más sorprendente es el fenómeno de la reapropiación de símbolos.  Que, por ejemplo, la extrema derecha peruana haya hecho suya la Cruz de Borgoña en el contexto de nuestro Bicentenario: tal bandera –blanca y con una cruz al centro– fue justamente la que se buscó desterrar del Perú hace 200 años. San Martín la usó como inspiración para crear la primera blanquirroja, con dos aspas rojas sobre un fondo blanco, y ahora revive para reivindicar la Conquista cuando conmemoramos la liberación. 

Esta contradicción es una muestra clara de que nos queda mucho que pensar y discutir sobre el legado colonial.

1 comentario

  1. Gregory J Camacho

    Gracias por abordar el tema. Lo curioso es que ese dia algunos en EEUU perciben un dia de honor a los italianos. Hasta lo anglizaron, llamadole Columbus, no Colon. Borrar lo español de Colon. Pero la tendencia fija es enfocarse mas y mas como el dia de los pueblos indigenas y ya no tanto en el dia del «descubrimiento». La propuesta de muchos es la inclusion de todos y todos los hechos en pos de un futuro mas honesto y sanador de las heridas de una era cruel y violenta. Como que necesitamos una comision de la verdad entre Espana y America Latina.

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