Historia de cómo llegamos hasta aquí


Porque a veces es necesario recordar los pasos previos a una tragedia 


En una reciente entrevista para una audiencia hispanohablante le preguntaron a mi amigo, el periodista Diego Salazar, si podía resumir cómo la crisis política peruana llegó a su última cúspide.
Diego se remontó con memoria envidiable a dieciocho meses atrás, cuando Pedro Castillo fue elegido presidente con un escaso margen. Mencionó las acusaciones de fraude, sin pruebas, que hizo el bando perdedor. La improvisación del flamante gobierno, que no pudo presentar un gabinete hasta después de la toma de mando. Los posteriores intentos de vacancia de la oposición. Las sospechas de corrupción en gente cercana al presidente, incluyendo a su propia familia. Su gestión cada vez más errática y deficiente. Y, finalmente, una tercera moción de vacancia que, en principio, parecía que tampoco iba a alcanzar los votos necesarios, pero que quizá, al haber aparecido un testigo que sí dijo haberle entregado dinero al presidente, puso nervioso al mandatario y lo obligó a tomar la decisión de un golpe desesperado, azuzado por un par de asesores que vivían en su burbuja.
Cuando Diego terminó su resumen, me pregunté: ¿y si hubiera habido más tiempo? ¿Hasta dónde más podríamos retroceder para encontrar las razones de esta nueva erupción? Soy yo quien ahora retrocede hasta las elecciones anteriores, en 2016. Aquellas donde también hubo un escaso margen a favor de Kuczynski y fue Keiko Fujimori quien habló de fraude, tampoco sin pruebas. A esa imagen de la lideresa de Fuerza Popular dando un mensaje delante de su poderosa bancada. La amenaza velada de que su poder sería ejercido desde esa trinchera. El maltrato parlamentario a Saavedra, el respetado ministro de Educación, y la ulterior salida de todo aquel gabinete. El chat en WhatsApp de la bancada fujimorista, ese llamado “Mototaxi”, el audio en donde se mostraba el vehemente esfuerzo de oposición de Keiko Fujimori “así se perjudicaran cien mil peruanos». El sorprendente pedido de vacancia contra Kuczynski, tras la sospecha de que años antes había usado una puerta giratoria entre sus negocios personales y su gestión como ministro de Estado. La asunción del vicepresidente Vizcarra. Su populismo, su estrategia de arrinconar y etiquetar a aquel parlamento como el gran villano de la corrupción. Su cierre del Congreso con base en una interpretación polémica, las nuevas elecciones parlamentarias y el abanderamiento de reformas políticas en un referéndum que sí trajo cambios, pero en una dirección contraria a la que aconsejan los politólogos. El odio de la oposición, que hacía rato lo había tachado de traidor y de corrupto. Los indicios de que Vizcarra tampoco era transparente en su gestión. Las investigaciones a ciertas irregularidades de cuando era gobernador en Moquegua. La pandemia de COVID que llegó a barrer con todo y nos hizo constatar que el Estado había desamparado durante décadas a los peruanos que no eran ricos cuando hubo bonanza. El abuso de muchos negocios privados. Una clase media —o buena parte de ella— que descubrió que en realidad había sido pobre, pero con tarjeta de crédito. El paternalismo del presidente, que le hablaba cada mañana por televisión a su población. Su pésima gestión en temas de salud y el escándalo de nuestra altísima mortalidad. Y, de pronto, su sorpresiva vacancia. Su resignación y la inmediata juramentación de Manuel Merino. Las marchas de millones contra un gobierno que consideraban usurpador. La violencia excesiva usada contra ellos, que aquella vez dejó dos muertos, veinte menos de los que se registran a la fecha en los recientes disturbios. La renuncia de Merino y de su fugaz gabinete conservador. La asunción de Sagasti como presidente del Congreso y luego como presidente de un gobierno de transición. La llegada de las vacunas y la organización de las elecciones. Esa campaña con partidos que eran máscaras de intereses particulares y esos candidatos con un paupérrimo nivel de habilidades. La sorprendente segunda vuelta entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori. El terrible racismo contra el astuto profesor del campo. El cuco del comunismo y de que Perú sería Venezuela, por lo menos. La sorpresiva etiqueta de estrella demócrata para la señora Fujimori por parte de muchos electores asustados. La advertencia de que si ella no ganaba, sería debido a un fraude, una vez más.
¿Y si retrocedieramos más?, me pregunto.
Hasta Alejandro Toledo, que en 2001, mucho antes que Castillo, se autoproclamó como el primer presidente cholo del país. La esperanza de los postergados que se parecían físicamente a él. La decepción por su gobierno. Su popularidad en el suelo. Esa descentralización bien intencionada, pero que devino en gobernadores cabecillas de organizaciones criminales. Ollanta Humala aprovechándose del descontento de quienes no accedían al «chorreo» económico prometido en esos años de boom minero y tratados de libre comercio. Su candidatura con polo rojo y su cercanía a Hugo Chávez. La astuta estrategia de Alan García para quedar contra él en la cédula final y su promesa de «cambio responsable». Su gobierno con el viento a favor del precio de los metales, una China más compradora que nunca y un gabinete tecnócrata aplaudido por los empresarios de la prensa. La optimista Marca Perú y el cruel recordatorio en Bagua, con sus muertos, de que buena parte del país, más allá de Lima, se sentía postergado. El turno de Humala y de Nadine Heredia. Los programas sociales que, años después, ayudaron en la pandemia. La acusación de sus aliados de que se había derechizado, su hermano Antauro tildándolo de traidor y, desde el otro extremo, una buena parte del empresariado y de la prensa que no dejaron de sospechar del polo rojo y del chavismo. La prisión preventiva contra Nadine Heredia por el caso Odebrecht, que abrió la caja de Pandora y que, curiosamente, fue celebrada por quienes después serían víctimas de ella.
¿Y si fuéramos más atrás aún?
Fujimori cometiendo el autogolpe en 1992. Nuestra gran recuperación económica, pero la gran debacle moral. Las instituciones totalmente corrompidas. Los medios comprados. Los partidos políticos con tradición e ideario en cuidados intensivos, antes de ser los zombies que son hoy. Las marchas en todo el Perú pidiendo la dimisión del autócrata.
¿Y más atrás?
Un siglo XX signado por el autoritarismo y breves paréntesis democráticos. Pocas familias dueñas de nuestra inmensa tierra agrícola y una reforma agraria necesaria, pero mal ejecutada. Una Lima que en pocas décadas recibió un aluvión de migración pobre. Un terrorismo sanguinario que decía legitimarse en la injusticia y el olvido a los peruanos que siempre eran postergados. Y antes de ello, guerrillas inspiradas por la gesta castrista, levantamientos campesinos hartos de la prepotencia de ciertas empresas extranjeras asociadas con las autoridades locales.
Antes aún, un siglo XIX con caudillos que se arrebataban la presidencia pensando solo en sus ambiciones, y una guerra traumática con Chile que se perdió por esa razón. Una época guanera de prosperidad falaz, Basadre dixit, en la que el dinero enriqueció a pocos y no se invirtió sabiamente en desarrollar servicios del Estado, tal como volvería a ocurrir 150 años después.
Y, mucho más atrás todavía, la conquista de un reino especificado en un contrato firmado por tres socios españoles. Un Perú que nació como botín, un territorio para lucrar y sacar el dinero afuera. La instauración de una élite europea y blanca que dirigiría esta empresa y la degradación de una mayoría indígena que jamás sería considerada bajo los mismos derechos.
En otras palabras, y para resumir, la terrible y larga historia de que aquí hay peruanos que valen más que otros. De que producir recursos es más importante que producir igualdad. De que lo que importa es despreciar e imponerse al que piensa distinto en lugar de sentarse a conversar sobre el bien común.


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11 comentarios

  1. Isabel hurtado

    Interesante recuento sintético de nuestra historia, que no incorpora a grupos informales (minería ilegal, narcotráfico), ahora con mucho poder, que participan en acciones violentas contra dependencias públicas desde hace semanas (incendio de la universidad en Huamanga, incendio en la Fiscalía de Huanta). Desde que estos grupos acceden al poder (congresistas FP en 2016) la batalla entre el Perú formal y la ilegalidad ha sido incesante y es cada vez más cruenta.

    • Gustavo Rodríguez

      Totalmente de acuerdo, Isabel.
      Gracias por el complemento.

  2. Trancon Peña

    Excelente descripción de los hechos pasados para entender el presente ,con objetividad y sin emociones.

  3. Nélida Ana Ibarra Pozada

    Somos un país fracturado, racista, clasista, estos desencuentros vienen de décadas, muchos limeños piensan que Perú es Larcomar, no hay una mirada real, integral del país, somos un país multicultural, los campesinos, comuneros han sido postergados por lustros, que ahora se expresen y manifiesten su malestar no es gratuito, la olla de presión explotó . Además, seamos conscientes existe el narcotráfico, diría casi un narco Estado que se encuentra en varias bancadas FP, APP, Perú Libre, etc.
    Ahora, quién podría liderar el cambio estructural que acabe con todas estas brechas, fracturas, que piense en el bien común, en los más postergados, que haya cruzado la Javier Prado.

    • Gustavo Rodríguez

      Gracias, Ana, por estar siempre pendiente.
      Un abrazo.

  4. Vanessa González

    Entre esa élite europea también estuvo tu abuelo en la selva de Iquitos durante el boom del caucho. Y tal vez podríamos incluir a mis abuelos españoles que tenían casi calidad de embajadores en los años 60. Pero nada de eso justifica los actos de vandalismo cometidos por muchas personas en los últimos días supuestamente defendiendo los derechos de los más pobres pero que han dejado además de los muertos a muchos peruanos sin un ingreso por la destrucción de empresas privadas. Si mal no recuerdo durante la época de Fujimori (durante la cual obviamente siguió la corrupción de instituciones públicas) a raíz de sus decisiones políticas tuviste por mucho tiempo trabajo en empresas de publicidad que publicitaban productos hechos en Perú o importados de otros países y nos vimos beneficiado económicamente por ello. Entonces todos somos culpables de alguna u otra manera.

    • Gustavo Rodríguez

      Siempre hay personas con intereses particulares, algunos azuzados por la economía ilegal, que se mezclan con protestantes legítimos y hartos.
      Lo que preocupa es cómo en nuestro país hace rato se viene normalizando la relación «salir a protestar = arriegarse a morir».
      Eso nunca se le pasa por la cabeza en una sociedad democrática de verdad.

      Y bueno, nuestros ancestros son parte de la gran cadena de la historia… como nosotros.
      ¿En qué momento despertamos de nuestro eslabón?

  5. Nancy Goyburo

    Efectivamente, en nuestra querida Patria hay peruanos que valen más que otros. Yo sólo agregaría, con tu permiso Gustavo, algo que escribió recientemente Antonio Zapata en un artículo en La República:

    “Ese desprecio, al que aludía hace unos días Juan Carlos Agüero, constituye la esencia de la peruanidad. No vemos al otro como a un igual sino como a un cholo del cual desconfiar”.

    PD: El artículo de Juan Carlos Aguero al que alude Zapata (“Desprecio”) es muy bueno. Él es autor de “Los Rendidos”, igualmente recomendable.

    • Gustavo Rodríguez

      Lo leí, Nancy.
      Justo ayer felicité a José Carlos por su artículo, es un escritor que todos debemos leer.

  6. Lucho Amaya

    RESENTIMIENTO, o sea.
    Un resentimiento que no se vuelca, por ejemplo, contra la corrupción de sus gobernadores, elegidos por ellos mismos, pero sí contra al que lo simbolizan como su opresor y discriminador de siglos… y por ello eligieron a Castillo… y esa la razón de que, en sus violentas protestas, los signos de corrupción de Castillo pesen menos en ellos y pese más que hayan vacado a un igual en su origen (provinciano, rural y parte de lo originario).
    Sí, si lo he interpretado bien, por allí va el asunto (sumamente crítico desarrollándose actualmente en nuestro país).
    Saludos.

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