¿Gana el que tiene más votos?


Reflexiones sobre una peculiaridad del sistema de votación en el Senado estadounidense 


En estas últimas semanas hay un gran debate en Estados Unidos respecto al funcionamiento de su Senado. Sucede que las reglas internas hacen que el partido que tiene la mayoría de los senadores no necesariamente logre aprobar sus proyectos de ley.

Esto a primera vista no suena muy democrático, ¿verdad? Hemos aprendido que, en la democracia, el que tiene más votos es el que gana. Veamos más sobre este caso y la justificación que existe para esta peculiar regla.

Primero, déjenme contarles un poco del sistema político norteamericano.  A diferencia de nuestro Congreso, el de Estados Unidos es bicameral. Es decir, divide su trabajo entre dos cámaras: la Cámara de Representantes (o Cámara Baja) y el Senado (o Cámara Alta). En el proceso legislativo esto permite tener un “doble filtro”: las leyes deben ser aprobadas por ambas cámaras antes de ser enviadas al presidente para su firma.

Mientras la Cámara de Representantes se elige de forma proporcional (cada estado elige un número de representantes de acuerdo con su población), en el Senado cada uno de los 50 estados tiene dos representantes. Esto sin importar el tamaño del estado. Así, California, que tiene casi 40 millones de habitantes, tiene el mismo número de senadores que Wyoming, que con las justas supera el medio millón, por poner un ejemplo. 

La explicación de esto tiene que ver con el origen de los Estados Unidos como país, donde, como su nombre lo indica, un grupo de estados decidió unirse. La idea de tener un Senado con igual representación responde a querer darle el mismo peso político a cada uno, sin importar el tamaño, antigüedad o población.

Así, en principio, para tener mayoría en el Senado uno de los dos partidos políticos norteamericanos debería tener la mitad más uno de los cien senadores: 51. ¿Y qué pasa si sacan 50 cada uno? El voto de desempate lo tiene el vicepresidente de Estados Unidos, que es a su vez el presidente del Senado.

Así sucede actualmente. Los demócratas no solo lograron que Joe Biden gane la Casa Blanca, sino que obtuvieron mayoría en la Cámara de Representantes, y 50 escaños en el Senado. Sumando el voto de la vicepresidenta Kamala Harris, los demócratas deberían tener la mayoría para poder aprobar las leyes que quisieran.

Y aquí déjenme enfatizar la palabra “deberían”. La realidad es más compleja.

Y es que existe en las reglas del Senado la figura del filibuster, una tradición parlamentaria que permite que los senadores dilaten el debate para nunca llegar a una votación. La única manera de romper el filibuster es con tres quintos del Senado. Es decir, con 60 senadores.

Con solo 50 senadores, a los demócratas les faltan 10 para poder romper el filibuster al que los tienen sometidos sus rivales republicanos. Pese a tener más votos, los demócratas no pueden avanzar en los proyectos más importantes de su agenda legislativa. 

¿No es esta una incoherencia de las reglas del Senado estadounidense, que va en contra de la idea misma de democracia? Quienes defienden esta práctica dicen que no. La idea de requerir 60 votos es buscar que ninguno de los dos partidos pueda lograr mayoría por sí mismo, sino que requiera por lo menos de algunos senadores del bando contrario. Así, lo que se estaría incentivando es mayor debate, negociación y búsqueda de consenso.

De hecho, en nuestro sistema político sucede algo que podría ser considerado parecido. Para aprobar leyes ordinarias se requiere mayoría simple, pero para la aprobación de una ley orgánica se requiere de una mayoría especial. Y ni que decir para la aprobación de una reforma constitucional, donde se necesitan dos tercios de los votos en dos legislaturas distintas.

El problema radica en que el nivel de polarización de la política norteamericana hace que parezca ficción hablar de consenso en el Senado. Esto se traduce en una Cámara Alta paralizada, incapaz de responder a la voluntad de la mayoría de los ciudadanos, que votaron a favor de propuestas legislativas ambiciosas que prometían cambios estructurales. ¿Puede la búsqueda de consenso detener el proceso democrático de creación de leyes?

Lamentablemente, este tipo de debates son difíciles de realizarse en abstracto, y las posiciones que se asumen suelen terminar viéndose influidas por el momento político. Muchos de los que hoy piden el cambio de reglas en el Senado norteamericano respiraron aliviados cuando eran Donald Trump y los republicanos los que no tenían los votos suficientes para romper el filibuster demócrata. 

La semana que pasó, el propio presidente Biden salió a reclamar la reforma de esta regla para permitir que se vote una importante ley de protección del derecho al voto. Está por verse si tiene los votos necesarios para ese cambio de reglamento, para el que requiere mayoría simple (es decir, el voto de todos los senadores demócratas, sin excepción, y el voto de desempate de la vicepresidenta). 

Más allá de si lo logra o no, lo que vemos en este debate es un deterioro de las instituciones, producto del fanatismo y la intransigencia. La crispación como nueva normalidad, algo que debería alarmar a la democracia más antigua del continente.

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