Entre la agonía y el abismo


Argentina frente a Javier Milei, el antipolítico dispuesto a romperlo todo


José Rodríguez Ramos es periodista y analista internacional. Licenciado en Ciencias Sociales y Humanidades, en la Universidad de Palermo de Argentina. Maestrando en Relaciones Internacionales, en el Institut Barcelona d’Estudis Internacionals (IBEI).


En Argentina siempre dicen que si uno viaja al exterior por cinco días, al volver creerá que está en otro país por lo rápido que cambian las cosas. Pero que si se ausenta por cinco años, verá que, en realidad, todo sigue igual.

En 2010 me mudé y viví ahí por casi una década. Sería imposible enumerar todos los escándalos y crisis en los que vi sumergirse el laberinto cambiante de la política local durante ese tiempo. Y si bien cada suceso parecía más grave que el anterior, con el paso de los años era fácil percibir que todo estos ya se daban dentro de una normalidad. La corrupción generalizada y la constante confrontación se convirtieron en el estándar en medio de una larga y agravada decadencia económica. Lo particularmente curioso es la resistencia que ha demostrado dicho statu quo en comparación con otros casos. Mientras varios países de la región enfrentaban convulsiones extremas ­–golpes de Estado, cierre de congresos o destituciones presidenciales–; la democracia argentina, con todos sus defectos y problemas, terminaba manteniéndose como una de las más estables.

Esto, sin embargo, podría estar a punto de cambiar.

Hace una semana Argentina presenció un verdadero terremoto electoral. El candidato antisistema Javier Milei conquistó el primer lugar en las elecciones primarias con su partido La Libertad Avanza. Aunque estas elecciones no determinan aún al ganador presidencial, actúan como un termómetro crucial de cara a los comicios generales de octubre. Si el resultado se repitiese entonces, sería la primera vez que una candidatura que no incluyese al peronismo ni a su tradicional rival, la Unión Cívica Radical, quedase primera en una elección presidencial desde que ambos partidos existen.

Javier Milei es un personaje digno de esta época. Un economista despeinado y agresivo, de posiciones que fluctúan entre el populismo de derecha, el libertarismo y el fascismo. Su misión, asegura, es acabar con “la casta política”. Propone achicar drásticamente el Estado, incluyendo el cierre de buena parte de los ministerios, en lo que llama el Plan Motosierra. También ha prometido “dinamitar el Banco Central” para dolarizar el país, privatizar servicios básicos como la salud y la educación, permitir la libre portación de armas para combatir la inseguridad, y hasta legalizar la venta de órganos para que la gente pueda pagar sus deudas. Eso sí, como buen falso libertario, no cree que la libertad individual del cuerpo deba incluir el derecho al aborto.

Su entrada al escenario nacional se produjo hace unos años, cuando empezó a ser convocado a programas de televisión opositores al gobierno. Su antikirchnerismo vehemente –que incluía todo tipo de gritos, insultos y ataques personales– le generó rating, más invitaciones y, finalmente, una base de seguidores políticos.

Las elecciones legislativas de 2021 le permitieron ganar un escaño en la Cámara de Diputados, como un peldaño hacia su candidatura presidencial. Pero también sirvieron para conocer la naturaleza de su proyecto. Su accionar parlamentario ha tenido como puntos más destacados la inasistencia a casi el 50% de las votaciones, el sorteo de su sueldo entre sus seguidores y la oposición a todo tipo de proyectos de ley que generen “gasto para el Estado”, como uno enfocado en la detección temprana de cardiopatías congénitas en recién nacidos.

Si bien se esperaba que Milei se ubique entre los primeros lugares en las primarias del último domingo, su candidatura ha terminado siendo un verdadero tsunami electoral. Logró más del 30% de los votos, casi el doble de lo previsto. Superó por sí solo a todas las demás agrupaciones políticas, varias de las cuales llevaban más de un candidato, en una jornada marcada por la baja participación. Su partido demostró también tener peso territorial, algo que había sido puesto en duda, quedando primero en 16 de las 24 provincias nacionales. “Hemos logrado construir esta alternativa competitiva que no solo dará fin al kirchnerismo, sino que, además, dará fin a la casta política parasitaria, chorra e inútil que hay en este país”, aseguró al conocer los resultados.

El éxito del candidato antipolítico que ha dejado en shock a muchos responde al hartazgo generalizado frente a los liderazgos convencionales. Desde hace al menos 15 años el escenario político está marcado por lo que en Argentina se conoce como ‘la grieta’, una profunda fractura entre los partidarios del kirchnerismo y sus detractores que, con el tiempo, llegó incluso a atravesar casi todos los espacios de la sociedad nacional. Pero aquí está el giro: si bien hasta cierto momento la sociedad argentina se vio inmersa en esta división, en los últimos años ha manifestado un agotamiento palpable. Un desencanto general contra el establishment político tras entender que ambos bandos son incapaces de resolver los problemas urgentes, como son la asfixiante inflación y el muy alto nivel de inseguridad.

Según un informe del Latinobarómetro presentado este año, el 38% de los argentinos afirmó que no le importaría que un gobierno no democrático llegase al poder si eso resolviese los problemas del país. Lo mismo reveló una encuesta presentada en abril por la Universidad de San Andrés: el 44% aseguró que apoyaba la llegada de “Alguien nuevo, que patee el tablero, aunque no tenga experiencia de gestión”. Milei ha logrado capitalizar eso frente a candidatos convencionales que no despiertan entusiasmo. Como asegura el periodista Iván Schargrodsky, se ha convertido en “el traductor electoral de las pasiones tristes”.

El gran peligro es que la ruptura de Milei no es solamente con el establishment, sino contra todo. No propone ajustar, sino destruir. Es una oferta de pateada de tablero que pone en duda las bases del sistema político, económico y social del país. Y esto incluye la estabilidad democrática.

Venimos observando en varias naciones de la región que figuras ‘transformadoras’ –de izquierda o derecha– no titubean en pisotear los sistemas democráticos a través de los cuales fueron elegidos cuando se enfrentan a las limitaciones del poder. Por ejemplo, teniendo que lidiar con un Congreso en el que no tienen mayoría, un escenario que podría aguardar a Milei si llegara a la presidencia. No es un dato menor que la candidata a la vicepresidencia de La Libertad Avanza, Victoria Villarruel, sea conocida por tener un largo historial de poner en duda los crímenes perpetrados durante el régimen militar argentino.

Le ha llegado a Argentina el momento de enfrentar una figura disruptiva decidida a derribarlo todo. Ante este nuevo escenario surgen preguntas clave: ¿cómo se reconfigurará el mapa político en los dos meses que quedan hasta la elección de octubre? ¿Podrá Milei mantener su impulso, teniendo ahora el foco de atención y siendo objeto de mayor escrutinio? Y, lo más importante, ¿qué futuro político y social le depara al país a partir del 10 de diciembre?


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