El pescado de tres ojos


La reciente descarga radioactiva de Fukushima puede afectar nuestro mar y nuestra salud


Tenía los ojos cerúleos como el cielo de verano y, haciendo honor a ellos, se apellidaba Ceresini. Era el profesor de Física de quien, a los 13 años, algo me enamoré. Era ese amor inconsciente, dulce y sincero de la primera adolescencia, cuando los sentimientos brotan inesperados y se van de la misma manera, como el acné de la cara. Me enamoré del color de sus ojos, de su agudeza mental y de su astucia pedagógica. Jugando con tablas inclinadas, bolas de metal y aparatos que emitían descargas eléctricas, nos entretenía en el salón de clases mientras nos acercaba a los secretos de esa ciencia atemorizante.

Así, cuando nos encargó un trabajo de investigación sobre las nuevas fuentes de energía —nuclear vs. solar— me dirigí decidida a la biblioteca escolar a rebuscar entre libros y revistas. Al empuje del amor sincero hacia mi maestro, se sumaba mi chanconería de fábrica: estudiar no me pesaba.

Eran los años 70 y el debate estaba encendido entre los no nuke —los opositores a la energía nuclear que incluía a científicos, calatos del movimiento naturista y pelucones de Woodstock— y los promotores de esa entonces nueva tecnología, envueltos en sus blancos mandiles almidonados. Inconsciente y sincera como con el amor, a los 13 años buceé en el calor del debate que ya sobrepasaba las fronteras científicas y se había vuelto político.

Después de unos días produje un pequeño dossier escolar: al entregar la tarea cumplida, quise creer que los ojos de Ceresini brillaban por mí. El dossier resultó escueto, pero enfocado. Había llegado a una simple conclusión: si podíamos producir energía barata, libre, infinita y difusa proveniente del sol, ¿por qué empantanarnos en la construcción de costosísimas plantas nucleares dependientes de un saber tecnológico tan sofisticado como peligroso? Cierto era que la tecnología solar aún no estaba al alcance de todos, y también tenía la desventaja de la dependencia de la luz solar, que no se da ni de noche, ni en los días nublados, por lo que necesitaba soluciones costosas de almacenamiento.

En suma, en mi breve entrega escolar la energía nuclear salió perdiendo con claridad:  la gran ventaja de una energía continua y eficiente no se justificaba frente a los altísimos costos de inversión y mantenimiento de las plantas nucleares y, especialmente, ante la peligrosa gestión de sus residuos. ¿Por qué arriesgarnos con la posibilidad de devastadores accidentes nucleares? Me parecía muy irresponsable dejar un legado de residuos radioactivos a las futuras generaciones, además de la posibilidad de producir plutonio como subproducto del proceso que podía utilizarse para la fabricación de bombas atómicas.

Recuerdo, incluso, haberme conseguido en un quiosco callejero un broche amarillo en forma de sol sonriente que proclamaba: “¿Energía Solar? Sí, ¡gracias!”. 

Varias décadas después, mis temores juveniles aún persisten y el debate sobre el tema prosigue acalorado. Más aún después de la reciente descarga de 1 millón de toneladas —el equivalente a 480 piscinas olímpicas— de aguas contaminadas por tritio y otros isótopos nucleares provenientes de la central de Fukushima dañada por el terremoto y tsunami de 2011.  La Tokyo Electric Power Company (TEPCO) ya no sabe dónde meter las aguas cargadas de isótopos radioactivos que ha ido almacenando todos estos años y no ha tenido mejor idea que descargarlas al océano Pacífico, el mar más grande del planeta y que es también una inmensa cuenca de aguas azules donde se orillan 54 países: en ella se llenan las redes de los pescadores nipones, pero también las de los pescadores de Huacho y Pimentel. Aquí se da el 70 % de la pesca mundial y se alimenta, literalmente, a media humanidad.

Las razones de la descarga marina por parte de la empresa nipona son más económicas que científicas. Y, por cierto, no son nada ecológicas. Después del accidente de Chernobyl, el desastre de Fukushima obligó a evacuar a decenas de miles de personas que aún no han podido regresar a sus hogares debido a la contaminación y a los riesgos asociados con la radiación. Y mientras Japón afirma que las aguas residuales serán seguras —con el respaldo del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA)—, los países vecinos y otros expertos denuncian que esta amenaza al ambiente y a la salud pública se extenderá por muchos ecosistemas y generaciones. ¿A quién creer?

Robert Richmond, director del laboratorio marino Kewalo de la Universidad de Hawái, y uno de los cinco científicos independientes consultados por el Secretariado del Foro de las Islas del Pacífico, teme que la vida marina y las corrientes oceánicas puedan transportar los radionucleidos nocivos por todo el océano Pacifico, en un paseo nuclear transfronterizo y transgeneracional. El científico cita estudios que demuestran que los isotopos nucleares liberados durante el accidente de Fukushima se detectaron rápidamente a 8.500 kilómetros de distancia. Un estudio de 2012 mostró que el atún rojo del Pacífico portador de radionucleidos derivados de Fukushima llegó a la costa de San Diego, California, seis meses después del accidente de 2011. Además de las corrientes oceánicas, los elementos radiactivos podrían ser transportados por animales marinos que migran grandes distancias, por el fitoplancton, y hasta por los microplásticos que flotan abundantes en el océano y a los cuales se adhieren. Si son ingeridos, el tritio y otros isótopos nucleares pueden acumularse en los invertebrados, peces, mamíferos marinos y seres humanos. 

En el derecho internacional, cuando nos enfrentamos a situaciones de incertidumbre científica que podría afectar la salud pública o el ambiente, se recurre al principio precautorio: ante la posibilidad de un daño desconocido que podría ser grave o irreversible, se deben tomar medidas preventivas para minimizarlo o evitarlo, aunque no exista certeza científica absoluta sobre los riesgos. Además, antes de proceder, los responsables deben asumir la carga de la prueba, demostrando que no hay daños significativos. ¿Se ha cumplido este principio?

Mientras la compañía japonesa se ahorra una montaña de yenes, los 3.000 millones de habitantes de la cuenca del Pacíficosomos los que pagamos el precio de su desprecio. Algunos de los países más poblados en esta región, incluyendo China e Indonesia, ya han puesto el grito en el cielo. O en el mar. El gobierno chileno ha enviado una solicitud de aclaración a las autoridades japonesas. ¿Qué dice nuestro  Instituto del Mar del Perú? 

Mayorcita y menos ingenua, ahora me he puesto una consigna: no olvidar los ojos cerúleos de mi querido profesor, mientras me mantengo atenta al pescado de tres ojos que podría encontrar en mi plato.


¡Suscríbete a Jugo y espía EN VIVO cómo se tramó este artículo! Nuestros suscriptores pueden entrar por Zoom a nuestras nutritivas —y divertidas— reuniones editoriales. Suscríbete haciendo clic en el botón de abajo.


Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

tres + doce =

Volver arriba