El patito feo de las virtudes


¿Puede la amabilidad cambiar nuestra historia? 


Si, como dicen los astrofísicos, el vasto universo que conocemos nació de una chispa en el inicio de los tiempos, quizá sea válido razonar que la densa atmósfera de violencia que hoy respiramos en nuestras redes, medios y calles bien podría tener su origen en aspectos mínimos que quizá obviamos al empezar nuestros relacionamientos. Me refiero, específicamente, a los gestos que configuran a ese patito feo entre las virtudes que es la amabilidad.
Confieso que hasta hace una semana temía escribir sobre ella para no parecer superficial. ¿Es que acaso una sonrisa, una palmada de afecto o un simple silencio comprensivo pueden cambiar el clima anímico de una sociedad? 
Sin embargo, finalmente me decidí debido a Ítalo Costa Gómez.
A menudo he pensado cuánto olvidamos que somos primates comunitarios, y que bastaría con que en cada uno de nuestros círculos hubiera un agente de contagio de cordialidad para que, a la larga, nuestro nivel de cortesía se viera elevado. 
Ítalo es el mejor ejemplo de ello.
Cuando Ítalo me escribió por primera vez a través del chat de Facebook, era el año 2019.
Yo había publicado una novela el año anterior y él, un desconocido para mí, recién la había leído. Su mensaje fue elogioso, cariñoso y con una familiaridad refrescante: algo poco usual en las redes y se lo agradecí con entusiasmo. Con el transcurso de los meses, con una generosidad tan inmensa que yo siempre estaría lejos de corresponder, Ítalo fue celebrando en sus redes cada proyecto en que me embarcaba, y siempre tenía comentarios afectuosos cuando compartía públicamente alguna opinión.
Pero no era solo así conmigo.
Con el tiempo, fui notando que también alentaba o comentaba con cortesía las novedades de conocidos y amigos míos en las redes. Y era retribuido con cariño, por supuesto: sus publicaciones en Facebook, en las que narraba sus peripecias vitales con guiños coquetos a su orientación sexual, terminaron siendo bien recibidas por mucha gente del círculo de las letras, las artes y el espectáculo. Verlo tan querido me ponía contento. A veces sosteníamos largos intercambios por el chat de Facebook, sobre todo en fechas clave, como el Día del Padre, el Día de la Amistad, la Navidad, cuando me compartía sus vicisitudes, sus aprendizajes y el amor por su mamá.
Y de pronto, la semana pasada, murió.
Una neumonía se complicó y la mala nueva recorrió Facebook.
Como en esas películas de Hollywood descritas como cursis, una marea de personas empezó a levantar cada vez más la mano y, de pronto, asistí a un coro enorme de voces que, mientras lamentaba la partida de aquel flaco sensible, iban celebrando su carisma, su frescura y, sobre todo, las palabras corteses que siempre habían recibido de él. En poco tiempo, Ítalo Costa Gómez había cosechado una comunidad amistosa luego de haber sembrado semillas de amabilidad.
Lo más asombroso era que, prácticamente, nadie lo había conocido en persona. Nadie. Tanto así que por ratos, quizá para consolarme, me pregunto si Ítalo no habrá sido un experimento social ejecutado por alguien que jugó con nuestros corazones.
Cuando pensamos en la educación de nuestros hijos, a veces nos llenamos de conceptos altísimos, de grandes valores, de intrincadas filosofías. Cuánta falta nos hace aquilatar en la crianza de nuestros niños —y en nuestras propias conductas— el valor de un «gracias», de un «por favor», de un silencio cuando no se nos ocurre nada amable por decir de alguien.

Cuánto nos falta asimilar que hasta para corregir la conducta de los otros, las maneras amables logran milagros, pues el insulto solo hace que el infractor recuerde la agresividad y no el aprendizaje.
Cuántas crisis políticas sufridas en tiempos recientes no hubieran escalado si antes de los roces, en el big bang de los actuales universos conflictivos, ciertos políticos no hubieran encontrado algo positivo que decir del adversario, algún gesto amable, eso que Ítalo sabía hacer con desprendimiento, y no como esos congresistas que sugieren que sus críticos deberían comer alfalfa.


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8 comentarios

  1. Paul Naiza

    Excelente jugo sabatino Gustavo, se necesita una pandemia de amabilidad…

  2. M.

    ¡Gracias por escribir este articulo! Hay tanto por decir sobre la amabilidad y quizá poco interés en escuchar sobre ello. Quizá no es falta de interés sino temor. Al meno en el Perú, creo que ser amable es correr el riesgo de que, además que las personas te vean como ingenux, desconfíen de las intenciones. Qué suerte que Ítalo te encontró a ti y a otras personas que no lo vieron con desconfianza (o pensaron que él quería algo más).
    Mientras escribo pienso que quizá la amabilidad, en nuestro caso, está unida a la (falta de) confianza: como no confiamos entre nosotrxs, el sentir a alguien amable o cariñosx, nos hace pensar en esa persona como rara o en alguien que quiere algo de nosotrxs. Gracias a Dios, creo qué hay mucha gente amable aún, sólo que están escondidxs por temor a ser percibidos erróneamente.
    Ojalá sigas escribiendo sobre este patito feo. Estoy segura, segura, que si cultivásemos la amabilidad seríamos otra sociedad.

    • Gustavo Rodríguez

      Muchas gracias, M., por tu amabilidad también.

  3. Ofelia

    Algo sencillo como saludar y dar las gracias! No uso Facebook así q no conocí a Ítalo. Gracias por compartir su historia.

    • Gustavo Rodríguez

      Así es, Ofelia, con pequeños detalles se colocan los ladrillos de las relaciones.

  4. Jorge Iván Pérez Silva

    De ninguna manera, escribir sobre la amabilidad es superficial, como no lo es el ser amable. La amabilidad, la auténtica, es la cara del respeto y el respeto es el ingrediente primordial para vivir en sociedad de forma pacífica.

    • Gustavo Rodríguez

      Muchas gracias, Jorge, por respaldar lo escrito.
      Un abrazo.

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