El abecedario de un amigo


Testimonio y apuntes sobre un libro vital para nuestra subsistencia


A lo largo de los últimos veinte años he presentado muchos libros en librerías y auditorios, pero a veces ocurre que es un amigo cercano y querido quien los escribe, y en esos casos suelo escribirle una carta al autor. Una carta que leo en voz alta. Que sirva esta oportunidad para conocer un libro fundamental para nuestro país y planeta —Abecedario climático peruano— y hacer más conocido a su autor: mi amigo Xabier Díaz de Cerio.

“Querido Xabal:

Nos conocemos desde hace más de veinte años, ¿te acuerdas?

Tú terminabas varios años de relación laboral con el diario El Comercio, donde formaste una unidad de infografía que creó escuela, y yo terminaba varios años de relación laboral con una agencia de publicidad, llamada Quórum, que también había hecho escuela en lo suyo.

Éramos dos calvos guapos y anteojudos —existen anécdotas memorables de personas confundiéndonos — y ambos compartíamos el temor de no saber cómo nos íbamos a seguir ganando la vida. Finalmente, hace 20 años exactos, yo fundé una empresa de comunicación a la que llamé Toronja, y que en su momento me dio muchas satisfacciones, y tú fundaste Fábrica de Ideas, que también te ha dado las tuyas. 

A que no somos los gemelos fantásticos.

Hoy nos hemos reunido a celebrar un producto impresionante de tu dedicación y la de tu equipo en esa fábrica, pero me vas a perdonar que atente contra tu humildad y que por momentos me gane el entusiasmo de la amistad.

A veces, cuando reviso la historia de la Conquista del Perú y me quito las gafas anticolonialistas tan solo para fijarme en la épica de los aventureros, no puedo dejar de admirarme por las agallas descomunales que debieron tener esos españoles —algunos vascos, como tú—, para atravesar desiertos, murallas andinas y selvas impenetrables en aquella época. Nunca te lo he confesado, pero han sido varias las veces que he pensado a lo largo de estos años, mientras te escuchaba narrar tus viajes por el Perú entre amigos, que tú debes tener algo de esa genética exploratoria y mucho de esa ambición, aunque en su variante más benigna: porque a ti, Xabi, no te emocionan los tesoros que pueden medirse en onzas de oro, sino los tesoros que nos pueden salvar del hambre, de la sed y de las pérdidas culturales. 

Por ello, no pocas veces me he preguntado, ¿cómo podríamos preservar en algún lado la ingente cantidad de información que has recogido como viajero por estas tierras?

Y fíjate: de alguna forma, el libro que hoy presentamos es una respuesta.

En este Abecederio climático peruano se unen la crónica del buen periodismo, la síntesis del buen diseño y el magnetismo de la buena fotografía para entregarnos un compendio de nuestros saberes ancestrales y decirnos —a quienes estamos intoxicados de occidentalidad— que existe otra manera de desarrollarnos en comunión con el mundo.

Me atrevería a decir, Xabi querido, que si este libro cayera en manos de un círculo político con virtudes de estadista —un grupo de unicornios, la verdad—, se darían cuenta de que el lugar particular del Perú en el mundo, aquello que de verdad nos hace únicos en el planeta como civilización, se encuentra en la gestión de la biodiversidad que realizan nuestros compatriotas menos visibles. Y si estos políticos improbables lograran llegar al poder, y fueran tan buenos comunicadores como lo son tú y tu equipo, quizá en unos años dejaríamos de tener tantas universidades e institutos que crean falsas expectativas otorgando demasiados diplomas de abogados y contadores, para ver graduarse a profesionales que unen la sabiduría de sus antepasados con los hallazgos más actuales en ciencias ambientales. Si el país formidable y biodiverso que habitamos es prácticamente una maqueta de la Creación, ¿por qué le damos la espalda a las ciencias que exploran esa condición?

Pero antes de criar cólera, mejor volvamos a la gestación de este libro.

El problema de tener demasiada información en la cabeza es que es difícil elegir por dónde empezar a difundirla, sin embargo ustedes han encontrado una salida elegante y oportuna al haber ordenado todos estos conceptos sobre la preservación a la usanza de un diccionario.

Por un lado, porque la mayor cantidad de términos relacionados al cambio climático se formulan en inglés. Por otro lado, porque es la oportunidad de consignar y colocar en relieve términos quechuas, aymaras y de otras lenguas originarias que transmiten la cultura y la tecnología de quienes supieron asociarse con la naturaleza antes de que el extractivismo salvaje nos impusiera sus condiciones. Y, finalmente, porque la conjunción de palabras y de imágenes en cada entrada siempre es un acierto pedagógico.

Doy fe de ello con mi lectura del Abecedario en orden alfabético —aunque bien puede leerse en desorden— y con mi entusiasmo al aprender en la A que, así como los andenes prehispánicos ampliaron nuestra frontera agrícola y disfrutamos de su tecnología hasta ahora —hoy mismo, 600 mil hectáreas le pertenecen a ellos—, este libro también amplía la frontera del conocimiento; que los apus no solo son montañas venerables por el agua que almacenan, sino que también son los espíritus protectores que dan la vida a los valles que resbalan de sus laderas; doy fe también de mi espanto en la C al enterarme de que solo quedan 300 cóndores libres volando en nuestro territorio; de mi sorpresa en la D de desafío al enterarme de que nuestro país tiene más horas de sol que Brasil o Argentina, y que podrían ser mejor aprovechadas mediante centrales solares; de mi emoción al encontrar en la E a tantos ecohéroes reconocidos y hermosamente fotografiados; de mi manifiesta ignorancia al encontrar en la G que el Quelccaya es el glaciar tropical más grande del mundo y que está retrocediendo indefectiblemente; de mi alarma al enterarme en la P que es probable que en 50 años ya no cosechemos papas nativas en el país; de mi esperanza al enterarme de que reciclar una tonelada de papel puede salvar a 17 árboles grandes; de mi alegría al informarme en la S de que cada vez son más visibles las comunidades que practican la siembra de agua, y de mi ilusión en la Y de que los yachachiq andinos sean reconocidos amplia y formalmente como transmisores de sabiduría, en desmedro de la soberbia urbana y racializadora. 

Una cosa que aprendí cuando formé Toronja, Xabi, es algo que tú sí tenías bien claro antes de formar Fábrica de Ideas: que, en nuestro país, sentirse escuchado es una necesidad casi tan grande como la de sentir que respiras. Antes incluso de que planearas este libro con tus colaboradores, el solo hecho de haberte trasladado a parajes aislados, allá donde el Estado se asoma poco, y de haber encendido tu grabadora ante compatriotas míos por los que nuestra sociedad no suele mostrar respeto era en sí un gesto reparador y emocionante. Que todas esas horas de conversaciones con peruanos conocedores y poco conocidos estén ahora compendiadas en un libro, es un acto revolucionario en estos tiempos de “influencers” que, literalmente, se jactan de hablar huevadas.

Gracias por eso, mi querido Xabal.

Gracias también por tu amistad.

Y gracias, también, por aquella vez en que te hiciste pasar por mí en un casting para hacer de doble de Stanley Tucci”.


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3 comentarios

  1. Jesús Ferreyra

    Y hay gente que paga por escuchar huevadas…un desperdicio de tiempo.
    Voy a leer el libro que comentas.
    Mas que una “reseña”, tu carta es una gran seña de amistad !
    Gracias Gustavo.

    • Gustavo Rodríguez

      Jesús, qué comentario más amable.
      ¡Muchas gracias!

  2. Nancy Goyburo

    Me muero por leer el libro de tu amigo, Gustavo! Mira todo lo que logras con tu especial y linda carta…

    Donde se podrá acceder al libro?

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