Ejercicios para recordar 


¿Por qué nos da miedo perder la memoria individual y no tanto la colectiva?


Alejandro Neyra es escritor y diplomático peruano. Ha sido director de la Biblioteca Nacional, ministro de Cultura, y ha desempeñado funciones diplomáticas ante Naciones Unidas en Ginebra y la Embajada del Perú en Chile. Es autor de los libros Peruanos IlustresPeruvians do it better, Peruanas Ilustres, Historia (o)culta del Perú, Biblioteca Peruana, Peruanos de ficción, Traiciones Peruanas, entre otros. Ha ganado el Premio Copé de Novela 2019 con Mi monstruo sagrado y es autor de la celebrada y premiada saga de novelas CIA Perú.


La memoria infinita, de Maite Alberdi, es un hermoso documental en el que la directora chilena se adentra nuevamente en el mundo de los adultos mayores —como antes en La once o en la premiada El agente topo—, aunque esta vez para tratar el doloroso tema del Alzheimer y la pérdida de la memoria, en este caso personal, pero como metáfora de esa otra pérdida de la memoria que parece afectar a los individuos y, finalmente, a los pueblos en esta época de olvido, incertidumbre e inmediatez.

Augusto Góngora, el protagonista, fue un periodista valiente que, en la época de la dictadura, corriendo el riesgo de convertirse en un detenido o un desaparecido como tantos durante las casi dos décadas en que Augusto Pinochet gobernó Chile, hacía notas que circulaban clandestinamente en videos Betamax. Acabada la dictadura se convirtió en un destacado conductor de programas culturales que se casó con la actriz Paulina Urrutia, quien de las tablas pasó a convertirse en ministra de Cultura de la presidenta Bachelet. Poco antes del inicio de la pandemia, la pareja —ya de más de veinte años— se casó, y en esos terribles tiempos de coronavirus que vemos en el documental, poco a poco, el Alzheimer que aquejaba a Góngora se hizo más y más evidente, afectando la relación.

Quienes tenemos o hemos tenido familiares que padecen Alzheimer —en lo personal, mi madre— sabemos lo doloroso que es ver el deterioro cognitivo, la pérdida de la memoria, la forma en que incluso el cuerpo va olvidando sus funciones vitales básicas y el paciente va, además, cambiando de conducta, volviéndose incluso violento por la incapacidad de reconocerse a sí mismo y a su propia familia y el entorno en que vive. Paulina Urrutia es, en este caso, esa esposa-enfermera, que es en lo que tiene que convertirse el familiar que acompaña a quien padece este mal. Bien visto, ella es la verdadera paciente que, con cariño, respeto, calma y mucho amor —uno a prueba incluso de insultos y maltratos involuntarios— acompaña a Góngora en sus últimos pasos por este mundo.

En este caso, lo simbólico es que Góngora, como periodista, se dedicó a trabajar para que Chile no perdiese su memoria, para que los muertos de la dictadura no se queden solo en el recuerdo y que sus ciudadanos comprendan que lo que pasó fue, finalmente, responsabilidad de todos. Chile, la memoria prohibida es el libro que Góngora escribió junto con otros colegas con ese propósito, y escuchar sus palabras en la presentación hecha en 1989, aún mientras se encontraba en el gobierno Augusto Pinochet, resulta estremecedor. 

Pero lo que nos deja Maite Alberdi es más importante que la lucha de un hombre y de una mujer frente a la enfermedad y el olvido. Es un llamado a comprender que la memoria colectiva puede salvar la sociedad. Chile, tras el estallido social de 2019 que obligó a adoptar un proceso constituyente y, luego de dos consultas populares para decidir por una nueva Constitución —ambas sin un resultado que permitiera cambiar el texto de 1980—, se ha venido enfrentando a su propio destino y, probablemente, reabierto las heridas nunca cerradas de estos últimos cincuenta años.

Un extraordinario texto de Benjamín Labatut, La piedra de la locura, nos confronta también con el Alzheimer social, este presente sin memoria en que vivimos, en el que la tecnología y las redes sociales abonan a que pensemos hoy en el futuro inmediato, olvidando peligrosamente el pasado, o incluso cuestionándolo sin más argumento que el que ofrece una realidad completamente virtual, en el que la verdad histórica parece desaparecer. 

En este mundo hodierno parece que no existe nada concreto ni sólido —la ‘modernidad líquida’ según Zygmunt Baumann— y verdades históricas tienen el mismo valor que absurdos fakes conspirativos. Una reciente encuesta entre jóvenes norteamericanos, reseñada por The Economist, nos señala que uno de cada cinco cree que el Holocausto es un mito, mientras que un 30 % adicional dice que no sabe realmente si lo fue o no. Lo más preocupante es que estos resultados no tienen que ver con el grado de educación de los jóvenes o de su origen social. Parece más plausible el hecho de que las fuentes de información son difusas y que se otorga el mismo valor a un texto educativo y a un profesor, que a un reel de Instagram o a los dichos de un tiktoker.

Piensen que en el Perú puede pasar lo mismo con sucesos como el conflicto armado interno y las muertes producidas por el terrorismo. Poco a poco, si no mejoramos los criterios educativos, cada uno de nosotros, sin importar la edad, será un Góngora en potencia y quedarán menos Paulinas con paciencia para acogernos cariñosamente… y salvarnos del olvido. Sin duda, lo que nos queda hoy, más que nunca, es la batalla por la memoria. El año en que terminamos de recordar nuestro Bicentenario con unas batallas en Junín y Ayacucho de las que esperemos nadie dude, es un buen momento para eso. ¡Feliz 2024!


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1 comentario

  1. norah espejo

    que bello y crucial tema es el de la memoria, sea individual, colectiva o familiar,. Se puede decir que la memoria es como el espejo del alma individual, colectiva o familiar y en ese espejo nos vemos, nos reconocemos…nos sorprendemos. ..El documental de la memoria infinita es hecho por una mujer y tiene la mirada femenina, muestra la caricia mas que el beso, la mirada larga, el amor en la cotidianeidad, la incesante necesidad de decir y escuchar «te quiero mucho». El documental maravillosamente conmovedor.

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