Drox


Un penal fallado, la voz de un amigo y todo lo que nos dijimos  


El 3 de junio de 1978, en el entonces estadio Chateau Carreras de Córdoba, un árbitro sueco decretó un penal a favor de Escocia y en contra de Perú cuando el encuentro iba 1 a 1: era el primer partido de ambas selecciones en el mundial de fútbol Argentina 78. Cuando el silbato dio la orden, el arquero peruano Quiroga se lanzó a la derecha y bloqueó el tiro de Don Masson. La esperanza renacía. Y en la tribuna detrás de ese arco, un niño peruano, acompañado de su madre, lanzó un rugido tan fervoroso que le rompió una y quizá más cuerdas vocales. Es probable que el rasgado haya luego resultado más intenso tras haber visto a Cubillas meter dos de los goles más hermosos que Perú haya celebrado en su historia futbolística.

El niño no sabía que durante toda su vida se iría a caracterizar por esa voz rota. La voz estuvo con él cuando acompañaba a su madre al exclusivo balneario de Ancón y, mientras doña Graciela le ofrecía el mejor servicio de peluquería a las afortunadas señoras, él veraneaba, morenísimo, cruzando con gracia el inestable puente que lo separaba de los chiquillos con dinero.

La voz también sonó atípica cuando celebró su ingreso a una de las mejores universidades del país; mientras participaba en las clases de Ciencias Sociales, cuando militó en la izquierda, aunque se la guardó un ratito cuando por entonces modeló en una pasarela con un explosivo peinado afro sobre su estampa erguida.

Con esa voz guió a mucha gente que buscaba un camino sensato, y enamoró chicas, por supuesto: a muchos les consta que terminó casándose con una artista plástica excepcional y militante hasta hoy de causas igualitarias. Yo escuché esa voz por primera vez cuando Sandro, su emisor, era ya un sociólogo treintañero; unos años después de que junto a Natalia hubiera empapelado la ciudad de Lima con un agresivo llamado feminista; algo después de haber organizado conciertos de rock a beneficios de las víctimas de un fenómeno de El Niño, y al poco tiempo de que hubiera creado una ingeniosa campaña para evitar que en el valle agrícola de Tambogrande se asentara una minera canadiense.

Aunque por entonces no nos conocíamos mucho, lo convencí para que formáramos una empresa de comunicación con nombre cítrico: me parecía el socio ideal para crear comunicación que conjugara análisis y creatividad. El hecho de que aceptara sin darle demasiadas vueltas habla de su espíritu optimista y emprendedor.

Empezamos siendo seis personas en el garaje que nos prestó un amigo y terminamos ocupando un edificio: fue la etapa de mi vida en que más lecciones aprendí, tanto intelectuales como emocionales. Junto a un equipo maravilloso y ecléctico, logramos realizar proyectos memorables, entre ellos, la muestra de arte más visitada de nuestro país y un libro que ampayaba al Perú y que se convirtió en el más vendido de aquel año. De esos tiempos recuerdo que Sandro no solo era un fanático de gestionar talentos y contradicciones, sino también un terco creyente de la institucionalidad: si nuestra empresa creció con una mística que nunca vi más en otro lado fue gracias a su empeño por crear reglas claras y participativas para todos.

Cuando vendí mi parte de Toronja, a la distancia observé que algunos colegas suyos de las ciencias sociales lo trataban con suspicacia. Así como para algunos debió haber sido raro que un estudiante que debía mostrarse comprometido con la sociología participara de un frívolo desfile de modas, ahora algunos no le perdonaban que luego de haber evitado la minería en un valle agrícola, ahora fuera consultor de una minera más poderosa aún. Alguna vez, cuando trabajábamos juntos, lo escuché cuestionarse si no habría hecho diferentes las cosas en Tambogrande: cuando la minera canadiense se retiró del valle, en parte a causa de su campaña, con el tiempo hubo indicios del ingreso de una minería ilegal inmune a la regulación. Si algo aprendí con Sandro fue que el Perú es más complejo de lo que proclaman los maniqueos dueños de la verdad.

Sandro tuvo con Natalia una pareja de hijos maravillosos, la chanchita Antonia y el zambito Vicente, y, en mis recuerdos, nada le iluminaba tanto la mirada como hablar de ellos. En los últimos años ya no nos veíamos mucho, pero me consta que se volvió a enamorar de una mujer brillante y encantadora que se convirtió, además, en la socia perfecta para él en la empresa que alguna vez formamos.

Los vi de lejos comprarse una casita, decorarla con gusto exquisito, disfrutar de los placeres que otorga juntar dos descendencias para formar un solo clan amoroso. 

Pero así como a la distancia absorbí esas enseñanzas de ellos, con el tiempo también volví a confirmar que todo muta cuando menos lo esperas. Hacía poco nos habíamos reencontrado con mucha felicidad, y constaté que mi buen amigo había hecho más transparentes sus afectos: sacar el corazón de nuestra caja fuerte —si no lo sabré yo— es una hazaña que toma tiempo. Por desgracia, no pasaron ni seis semanas cuando Daniela, su admirable pareja, me dio la mala noticia.

Como haciendo eco de las contradicciones que fascinaban a Sandro, en dicho trance fue hermoso constatar, a pesar de la tristeza y del estupor, cómo cientos de amigos y conocidos se movilizaron para donarle un río de sangre mientras creíamos que se podía luchar contra las probabilidades. Según Daniela, Sandro fue el principal abanderado de esa ilusión: picón, terco y guerrero, como siempre lo fue, mi amigo resolvió que, mientras hubiera un dígito de porcentaje a favor, toda batalla era luchable. Lo hizo con temor, seguramente, pero también con el consuelo de haber sido un buen hijo, un buen hermano, un buen padre y un buen compañero: se dice que una amable sonrisa acompañó la última de sus decisiones y que se despidió preguntándose de dónde había salido tanto amor.

Sandro Venturo Schutz se ha ido en paz y ya nunca escuchará que lo llamo Drox. 

Tampoco, nadie en la vida me volverá a llamar Sankuo.

Al menos, no con esa voz quebrada nacida durante una mítica tarde de fútbol, anticipo de las mil euforias que iría a vivir.


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15 comentarios

  1. Hermoso. Lo conocí en tu casa de playa hace como 15 años. Siempre me pareció un tipo especial. Me hubiera encantado ser su amigo. No sabes la pena que me dio su desaparición. Me imagino como deben sentirse sus amigos. Abrazo

    • Gustavo Rodríguez

      Carlitos querido, compartamos la pena.
      Te envío un abrazo enorme, mi amigo.

  2. José Carlos

    Gracias Gustavo, simpre es un gusto leerte. Siempre buenos recuerdos de tu pata Drox.

    • Gustavo Rodríguez

      Muy amable, José Carlos. Un abrazo.

    • Bürkli Graciela

      La pena es de los que se quedan sin ese ser querido y especial. Te dejo mi abrazo lleno de afecto!

      • Gustavo Rodríguez

        Gracias, Graciela, tan amable como siempre.

  3. Hilma Huerta

    Gran relato de tan preciadas vivencias. Capo Gustavo. Grande Sandro, vuela alto…

    • Gustavo Rodríguez

      Qué generosa, Hilma.
      Mi afecto para ti.

  4. Myriam LARA

    ¡Hola Gustavo! Estaba esperando que escribieras sobre Sandro, es bonito leerte y haz descrito una linda historia sobre él. Realmente es una gran pérdida, Dios lo tenga en su gloria, era un hombre tan admirable como tú; los sigo a ambos desde que ví sus hermosas y geniales campañas con Toronja.
    Ambos me ha inspirado para emprender algo similar, para hacer comunicación que genere cambios. Estoy agradecida por ello. Siempre lo recordaremos y aún nos seguirá inspirando para seguir generando cambios a través de la comunicación. Un abrazo .

    • Gustavo Rodríguez

      Hola, Myriam, qué palabras generosas.
      Qué emocionante saber que buscas generar transformaciones a través de la comunicación y te deseo toda la fortuna en ellos.

  5. Antonia López

    Que bella semblanza de un amigo que te regaló la vida, eso siempre se agradece. Un abrazo grande.

    • Gustavo Rodríguez

      En efecto. Gracias a la vida por las vidas que nos enriquecen.

  6. César La Serna

    Gracias por el hermoso texto Gustavo. Sandro fue un amigo que siempre estuvo dispuesto a apoyar. Muchas cosas hicimos juntos en Foro educativo y en otras actividades de comunicación, nos encontramos por última vez caminando por la Av. Del Ejército y nos saludamos efusivamente por la grata sorpresa.Muchos recuerdos que siempre tendrán presente en mi al gran y apreciado Sandro.

    • Gustavo Rodríguez

      Al contrario, gracias a ti, César, por compartir el mismo duelo.
      Un abrazo.

  7. Hola Gustavo,

    Acabo de leer este relato que me imaginaba existía y no tuve tiempo de buscar hasta ahora.
    Necesitaba leerte sobre Sandro la verdad… como para ayudarme a reconstruir el rompecabezas del amigo que pudo ser más no fue ni podrá ser…

    Tantas cosas que decir… descubrí su sociedad en Toronja hace años leyendo tus crónicas en El Comercio, los sábados creo… lo hablamos un par de veces al paso en el Colegio de nuestros hijos… me faltó repreguntar 1000 cosas… no quise ser “metiche”… lo lamento hoy…

    El Perú acaba de perder una mente linda, limpia y lúcida.
    Y yo una amistad que no construí…
    Felizmente que por lo menos le pude escribir, desde mi ahora lejano Brasil, toda mi admiración por lo lúcido y centrado de sus planteamientos en medio de las locuras del país en enero 2023…

    Gracias Gustavo por estos pedazos de luz adicional sobre la vida de Sandro.

    Ahora a superar la tristeza… o más bien a transformar la tristeza sólo en nostalgia…

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