Tienda de novias a lo David Lynch


¿Cuál es el límite de un fabulador cuando hay dolientes en la vida real?


Daniel Sacro es un narrador, músico y comunicador argentino radicado en Perú. Autor del libro “Cuarenta cuentos de cuarentena” (Premio Luces 2021). Como músico, ha editado 2 discos de estudio, y suele hacer shows en vivo donde mezcla canciones con relatos. También lidera su propia agencia, ASÍ Comunicación.

Sacro acaba de lanzar “Querida Parca”, con un videoclip protagonizado por la actriz Mónica Sánchez.


Dicen los expertos que cuando hay que promocionar una película, una serie o un libro, pocas frases son más jaladoras que aquella que reza que la historia está basada en hechos reales. Como contracara, ninguna es más matapasión que la que nos asegura que cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia. Debe ser cierto: en lo personal, adoro las historias que sucedieron en “la vida real”, y siempre me jalan más las novelas donde lo que cuenta el autor lo vivió, le pasó. El tema puede variar, el tono también, la historia ni hablar, pero no tengo problemas en meter en la misma bolsa a Bukowski, Kerouac, Fuguet, Baily o Casciari como los autores que más disfruté. El condimento autobiográfico es un plus, el aroma de la salsa que nos empuja a zamparnos el plato. Después los editores se avivaron y lo catalogaron como autoficción. Quizá por eso, cuando me lancé a escribir mis cositas, opté por seguir el ejemplo: hablar de mi vida. También porque, supongo, no me salía otra cosa. Pero al meterme de lleno en mis temas, entendí que nada es 100 % real, ni 100 % ficticio: ambos universos se mezclan, se potencian y crean algo nuevo. La única condición es que sea creíble. Pero hay una sutil diferencia en ese contrato implícito que se da entre autor y lector: si te aclaro que esto es una crónica, no te puedo mentir. Pero si nunca te aclaro nada y lo dejo abierto a tu interpretación, bueno, es cosa tuya. A fin de cuentas, ¿a quién le importa si es real o no? Cuéntame una buena historia, miénteme bonito, házmela creer, y todos felices. Soñemos juntos bajo la misma nube de opio. Siguiendo con la autorreferencia —perdón por la redundancia—, hace poco me inventé un ejercicio: inspirarme en cosas que me llamaran la atención en la calle y dieran pie a contar una historia, un reel que jugara a falso documental. Empezó de casualidad: caminando por Barranco con mi prima, vimos, al fondo de una quinta de la avenida Grau, un gran árbol que tenía la forma de un pene. Nos reímos, y terminé contando la vida de un porno star limeño quien, caído en desgracia —metafórica y literalmente— se dedicó a la topiaria (el arte de dar forma a los árboles) para crear un árbol que rindiera tributo a esos viejos buenos tiempos protagonizados por su inmenso miembro viril. Jugaba al documental, pero era una historia tan absurda que no hacía falta aclarar nada. Aquel ejercicio me entusiasmó, y para repetirlo no tardé en recordar una tienda de vestidos de novia ubicada en la esquina de San Martín y Larco. En sus vitrinas posaban unos veinte maniquíes femeninos —muy inquietantes, casi reales— que lucían vestidos de otra época: un harén de novias congeladas en el tiempo esperando a alguien que las rescatara. Un detalle: en medio de todas ellas había un solo maniquí masculino, vestido de smoking. Sumemos el hecho de que jamás vi el local abierto, ni a ningún ser humano en su interior: el escenario era fantasmagórico, digno de una peli de terror vernáculo. David Lynch miraflorino. Cuando llegué a la esquina para hacer el reel, comprobé, decepcionado, que la tienda ya no existía: la reemplazaba un desangelado local de sushi al paso. Sentí una especie de melancolía en espiral: nostalgia por algo que no existe, ni que existía cuando existía. Igual, a manera de homenaje, hice el reel y se puede resumir así:

A finales de los años 70, doña Filomena Kurtz, dueña de este local de ropa, estaba a punto de casarse. Feliz y emocionada, confeccionó ella misma su vestido de novia. Pero, tristemente, el novio la dejó plantada en el altar. Deprimida, y a la vez llena de ira, decidió colocarle su vestido de novia a un maniquí de su tienda, como una manera de no olvidar jamás al desgraciado que la había abandonado. Poco a poco, la idea la obsesionó: buscó a otras novias que también habían sido abandonadas, compró sus vestidos, y vistió con ellos a todos sus maniquíes, creando una Logia de Novias Abandonadas, hermanadas en la decepción. Filomena enloqueció lentamente, dejó de vender ropa, y la tienda quebró. En ese momento, aquel novio traidor reapareció impunemente, para ofrecerle, con total desfachatez, comprar el local. Llena de odio y motivada por una profunda sed de venganza, esa misma noche Filomena realizó un conjuro, un hechizo que convirtió a aquel sátrapa en el único maniquí hombre de la tienda.

Esa vez tampoco me preocupé por aclarar que era una historia inventada. La mayoría entendió el juego, hasta que me llegó un mensaje inquietante: era la nieta de la dueña “real” de la tienda, quien, indignada, me pedía que eliminara la historia, porque era una total difamación y falta de respeto a su abuelita, fallecida dos meses atrás. Un sudor frío recorrió mi espalda. Recordé que, hacía un tiempo, había hecho un post sobre esa tienda y esa misma chica, con muy buena onda, me había contado toda la historia. Ahora era distinto: la señora había fallecido recientemente, y una mera —y mala— coincidencia convertía mi reel en un ultraje a su memoria. No supe qué hacer. ¿Se me había pasado la mano? ¿Había cruzado un límite moral, una frontera ética que se suponía infranqueable? O dicho en criollo, ¿la había cagado? ¿Y si me metían juicio? ¿Si me deportaban? ¿Si me hacían un conjuro y me convertían en maniquí? Mi primer y cobarde impulso fue bloquear a la chica. El segundo, aclarar en el texto la frase que siempre odié: Todos los personajes y situaciones son ficción, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Mi patetismo no tenía límites. Pero después reflexioné un poco más. Me avergoncé de que mi primer sentimiento no hubiese sido de empatía. La chica estaba dolida, su abuela acababa de fallecer y yo le había removido la herida con mi frívola ocurrencia. Pero, al mismo tiempo, no me parecía que eso fuera motivo para eliminar un reel ficticio, una historia, un cuento. Lo que sentí que debía hacer, era ayudar a la chica a honrar la memoria de su abuela. Así que, a manera de obituario, aprovecho este espacio para contarles la historia —la verdadera historia— de la dueña de la Maison de Fiance:

Rogata Gallegos nació en Huancavelica. Hija de una humilde madre soltera, de muy joven se mudó a Lima para estudiar Física y Química en la Universidad de San Marcos. En la ciudad padeció la pobreza y sufrió discriminación. Dispuesta a salir adelante, un buen día se le ocurrió poner en práctica aquella pasión que le había enseñado su madre: la costurería. Poco después conoció a quien sería su esposo y juntos, tras muchos años de esfuerzo y trabajo, levantaron su propio local de vestidos de novia. Tuvieron hijos y nietos y, durante épocas de crisis, la tienda fue el único sostén de la familia, el ingreso que les permitió alimentarse y educarse. Rogata trabajó allí toda su vida, y cuando ya no pudo seguir haciéndolo, el local se mantuvo tal como estaba durante muchos años, porque ella quería seguir yendo todas las mañanas a ver sus vestidos. Rogata falleció a los 97 años de edad, y toda su familia la recuerda con mucho amor, orgullo y agradecimiento.

Basado en hechos reales.


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