Arde Francia, otra vez 


Los nuevos disturbios son otro capítulo en una larga historia de ciudadanos diferenciados


Hace cuatro noches que Francia arde. Los disturbios se han extendido a muchas ciudades y ya no se incendian buses y se saquean tiendas solo en París; ahora en muchas otras partes los jóvenes enardecidos salen a las calles a mostrar su furia y frustración. Estos disturbios comenzaron en protesta por el asesinato de un joven de 17 años de origen marroquí y argelino por la policía en Nanterre, un suburbio al oeste de París. Nahel M. esperaba para cruzar la luz roja cuando tres oficiales se sintieron amenazados y le dispararon.

La irrupción de la violencia no se hizo esperar, mientras que las redes sociales explotaron pidiendo justicia para #Nahel. Algunos piensan que ha llegado el “momento George Floyd” a Francia y buscan paralelos con los pedidos de justicia ante el asesinato de un inocente en manos de una policía que tiene la dudosa reputación de poner en riesgo las vidas de las personas de comunidades minoritarias al revisarlas con más frecuencia que al resto de la población. 

Existen, por supuesto, paralelos entre estos casos, pero las diferencias también importan. Si bien el abuso por parte de las autoridades en Francia con las minorías es generalizado, no tiene la misma historia y profundidad que en los Estados Unidos, el mismo que se remonta a los tiempos de la esclavitud, de la posguerra de la Guerra de Secesión, la reconstrucción, las leyes de Jim Crow y la continua violencia desde que fue ganando espacio el movimiento por los derechos civiles en la segunda mitad del siglo XX.

Cuando se dio la independencia de los Estados Unidos, la esclavitud se mantuvo en la mitad de los estados y es por ello que algunos consideran que los inicios de esa nación, que se imagina a si misma como tierra de la igualdad, nació con el pecado original de mantener a muchas personas esclavizadas, contraviniendo así la idea misma que propugnaba. 

En Francia, la cuna del pronunciamiento de los derechos del hombre, la principal diferencia radicaba en que la esclavitud existía solo en las colonias. Fue así que la Constitución de 1793 otorgó la abolición, y en la isla donde había más esclavos, Saint Domingue, comenzó un levantamiento que eventualmente dio más tarde nacimiento a la primera nación de antiguos esclavizados. Napoleón luego restauró la esclavitud y, en parte por ello, la guerra en Haití llevó a su independencia y no fue hasta otra revolución en Francia —que se dio en 1848— cuando finalmente se dio la abolición absoluta de la esclavitud.

Esto no impidió, sin embargo, que en la segunda mitad del siglo XIX Francia —al igual que la mayoría de las potencias europeas— emprendiera un segundo momento de colonización imperial. Enfocada principalmente en el norte de África y partes del sudeste asiático, esta segunda etapa colonial llegó a su fin después de la Segunda Guerra Mundial. Al igual que el Reino Unido, si bien Francia fue uno de los aliados que ganaron la contienda, el desgaste había sido tan grande que muchos de sus antiguos espacios coloniales buscaron su independencia recurriendo a las armas. Los lugares más emblemáticos, mas no los únicos, fueron Indochina y Argel, y la cercanía de esta colonia implicó que la migración que cruzaba el Mediterráneo fuera importante.

En la segunda mitad del siglo XX, al mismo tiempo que se desarmaba su imperio, Francia recibió trabajadores de muchas de sus excolonias y, entre ellas, las poblaciones más importantes demográficamente fueron las del cercano Magreb, cruzando el mar. Esto no significó que no llegaran personas desde todas partes de África, Asia y el Caribe, pero su proporción fue menor. Al igual que en otras partes de Europa que necesitaban mano de obra barata —como el Reino Unido o Alemania— estas poblaciones recién llegadas fueron indispensables para la recuperación de las economías de la región e hicieron posible el milagro de la posguerra.

A diferencia del Reino Unido y de Alemania, que implementaron políticas llamadas “multiculturales”, pues buscaban preservar las identidades variadas de los recién llegados, en Francia la política fue la de la integración. Por lo menos en teoría esta fue la intención, porque en realidad el resultado no fue muy diferente: en las periferias se construyeron los “banlieus”, con una arquitectura brutalista que alienaba a las comunidades migrantes y las mantenía alejadas de lo más tradicional de Francia, con servicios de menor calidad y, sobre todo, con menos acceso a la educación y a las oportunidades laborales.

Pero esto no es observable a simple vista, porque en Francia no existen estadísticas sobre la diferencia de raza o etnia, ya que todos son considerados ciudadanos franceses. Quienes provienen de los espacios aún colonizados tienen en teoría los mismos derechos que el resto de la población, ya que oficialmente Francia no tiene colonias, sino territorios en el exterior, así sean en Guyana o las islas Reunión. Esto facilita los desplazamientos a Francia continental, pero no termina con las diferencias muy reales que se hacen con las personas a las que no se consideran “franceses de raíz”, un término usado por los partidarios de la ultraderecha 

La realidad es que en Francia existe la discriminación y lo que está sucediendo ahora no es nuevo. En 2005 sucedió algo parecido, cuando tres jóvenes se escondieron de la policía en una estación eléctrica: dos murieron electrocutados y el tercero quedó con secuelas de por vida. Casi veinte años después la situación no ha mejorado, y con el avance de la ultraderecha el debate ha llegado a ser más enrarecido.

Hoy, a raíz de las recientes manifestaciones, hay 1.300 personas presas en Francia y no hay visos de solución. Una vez más, somos testigos de que la desigualdad y la falta de justicia le pasan factura a la sociedad, no importa qué tan desarrollada sea.


Pensar, escribir, editar, diseñar, coordinar, publicar y promover este y todos nuestros artículos (y sus pódcast) cuesta y nosotros los entregamos sin cobrar. Haz click en el botón de abajo para contribuir y, de paso, espía como suscriptor nuestras reuniones editoriales.


3 comentarios

  1. Juanjo Fernández Torres

    El artículo trazuma una verdad evidente sin mencionarla, dejándola entre líneas con menciones al «sentirse amenazado» por el extranjero, a la discriminación, a las idas y venidas de la esclavitud, a la desigualdad, a la «falta de justicia». Parece ser que cuesta decir, escribir, la palabra RACISMO en este y en muchos otros artículos sobre el terrible asunto de las calles de Francia.

    • Ana

      Exactamente identificar y expresar el racismo parece que cuesta, mencionar que el perfil racial se relaciona con la brutalidad policial es innegable.

  2. Es cierto la acotación de Juanjo. Porqué será? Quizás un síntoma inconsciente que no desea señalar con nombre propio la propia realidad, la realidad peruana. En estos especiales momentos resulta inevitable hacer una comparación. El detonante para la «rebelión de las masas» nacionales fue la muerte a manos de la policía, exactamente lo que sucede en Francia, (la diferencia es el número) el detonante para que el atávico racismo peruano explosionara e incendiara la pradera. Estamos a un par de semanas de la así llamada Tercera toma de Lima, esta vez más organizada, suceso en donde bajo diferentes reclamos habita el mayor de todos, el Racismo excluyente de siglos, algo que puede remecer las estructuras de nuestra sociedad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

19 + doce =

Volver arriba