A un beat del olvido


Cuando las tecnologías que incorporamos a nuestras rutinas desaparecen de golpe


Hace unos años casi todo era descrito como disruptivo. Las campañas de publicidad eran disruptivas, los planes de negocio también lo eran y, cómo no, la tecnología. Eran especialmente las start-ups las que así se denominaban por su potencial de cambiar a toda una industria o, por lo menos, de intentarlo. Sin embargo, realmente pocas lo fueron de verdad, por lo cual la palabra empezó a perder su significado y dejó de usarse con tanta frecuencia. 

Solemos relacionar la palabra “tecnología” con la novedad, sin embargo, algunas empresas de tecnología tienen hoy más de diez años de operaciones. Por una parte, muchas se han extendido hasta tener un alcance mundial y también un impacto en nuestras vidas: realmente cambiaron los mercados, nuestras rutinas, tuvieron que alinearse a diversas regulaciones y sí demostraron realmente ser disruptivas como lo decían.   

Por poner ejemplos cotidianos, podemos analizar cómo Airbnb y otras plataformas de hotelería cambiaron un negocio que antes era exclusivo de los hoteles, convirtiendo a cualquier cuarto en un posible alojamiento. Lo mismo vemos con los taxis de aplicativo, que empezaron a hacerse de un mercado en diferentes países y le ganó espacio a los taxis formales e informales que solíamos salir a buscar a la esquina. Solemos hablar de cómo estás tecnologías cambian nuestras rutinas, cómo acaban o crean nuevos trabajos, de los beneficios y problemas que traen, pero poco hablamos de qué sucede cuando estas empresa de tecnología desaparecen. ¿Qué ocurre con los espacios que dejan? ¿Reconstruyen o no lo que disrumpieron? 

Estas preguntas no son abstractas o filosóficas, son necesarias ante diferentes eventos que han ocurrido esta semana. Primero, el sector de tecnología ha presenciado miles de despidos: Facebook ha despedido a casi un 13 % de su plana, Twitter puede que cierre cualquier día según a Musk le plazca; FTX, una de las plataformas de criptomonedas más sólidas, se ha declarado en quiebra, y otras historias más que suelen quedarse en la sección de tecnología de los medios. A nivel local, el aplicativo de Taxi Beat anunció el martes por la tarde que dejaba de operar al día siguiente sin dar mayor explicación.

A pesar de no ser una usuaria constante de Taxi Beat, me llamaba la atención que una empresa consolidada en el mercado anunciara que cerraba con un portazo. Al conversarlo con algunos amigos, el cierre no les causaba mayor problema porque suelen usar varias aplicaciones de taxi al mismo tiempo y se decantan por la que responda más rápido o la más barata. Aun así, no deja de ser extraño que una empresa desaparezca de un día para otro, y más aún que estos comunicados no se emitan por sus redes sociales. Si revisamos los perfiles de Beat en Perú y en otros países de la región donde también han cerrado sus actividades, veremos que las últimas publicaciones no mencionan nada de un cierre, más bien se trata de contenido regular y, en el caso más llamativo, la cuenta Beat de Instagram en Argentina hace alusión en su última publicación a su aniversario y promete sorpresas, aunque dudo que se refirieran al cierre de la empresa. 

Como usuaria tal vez me preocupe poco o nada el cierre de Beat, sin embargo, sí me llamó la atención cómo esto afecta a sus trabajadores y conductores. Desde antes sabía que las empresas como Beat y Uber no son empresas de taxi ni de transporte: son consideradas empresas de tecnología y su producto es la plataforma. Esta diferencia tal vez no está interiorizada en los usuarios, quienes solemos ver a estas empresas con una responsabilidad que a veces la regulación no les obliga a tener. Por ejemplo, los taxistas que nos recogen cuando usamos estas aplicaciones no están en planilla, ni tienen beneficios con estas empresas, y mucho menos tienen opción a quejarse si a ellos también se les comunica que al día siguiente la empresa cerrará, como ha sucedido en este caso. Conversando con un grupo de trabajadores “oficiales” de Beat, ellos también se enteraron el mismo martes que la empresa cerraba y con el pasar de las horas algunas de sus preguntas fueron encontrando respuestas, como si se cumplirá con las liquidaciones, si van a gozar de las vacaciones pendientes, entre otras respuestas que no acaban con el mal sabor de verse a mitad de noviembre teniendo que buscar un nuevo trabajo.

Los exusuarios de Beat no tienen problemas en usar otras plataformas. Lo mismo afirmaban los choferes, pues muchos están inscritos en más de una aplicación. Y con menos alegría también lo repetían los trabajadores, aunque para ellos cambiar de trabajo requiere más esfuerzo que descargarte una nueva app.  La incomodidad de todos parece estar más relacionada con la forma de comunicación que con el cierre de la compañía en sí, lo cual nos lleva a pensar si realmente estas compañías eran disruptivas no. 

Tecnologías como los aplicativos de taxi nos han dado algunas facilidades, como pagar con tarjeta, conocer el precio de la carrera, la ilusión de conocer quién es quien maneja —aunque esto nunca está asegurado— y también una sensación de eternidad y universalidad de que toda nuestra información estará resguardada y que la aplicación siempre estará ahí para resolver nuestros problemas. Podemos ver los beneficios que nos han dado estas aplicaciones, pero si cerraran todas las empresas de taxi por aplicativo, muchos de los choferes seguirían haciendo taxi, aunque la mayoría no dominaría las rutas, y muchos menos los atajos que ni Google ni Waze conocen. Pero, como ocurre con las empresas tradicionales, las empresas de tecnología también desaparecen y la disrupción que prometían no es palpable solo con el cierre de una de ellas. 

Las noticias de cierres de aplicaciones, de despidos masivos o de liderazgos problemáticos en las tecnologías que usamos cada día debe llevarnos a reflexionar sobre qué rol ocupan estas empresas en nuestro día a día y qué sucede cuando se van. Los espacios que dejan las compañías tecnológicas que desaparecen van más allá de nuestras memorias y nuestras rutinas, con sus cierres también se llevan aquellos empleos y sistemas que desmantelaron con la promesa de una tecnología que solucionaría todos nuestros problemas. Es importante reconocer que los cambios prometidos por estas empresas solo son posibles por una falta de regulación y que los beneficios que nos prometían, como reducir costos al no tener oficinas o ser flexibles, se convierten en grandes dolores de cabeza financieros y laborales cuando no tenemos a dónde acudir y las empresas desaparecen en un “beat”.


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